Esa humillación de sentirse «reemplazado por un modelo más nuevo» provocó que una fuerte resistencia creciera dentro de él.
Respiró hondo e intentó enderezar la espalda, esforzándose al máximo por mostrar aquella actitud imponente y superior que solía tener:
—Ami, te lo voy a preguntar por última vez. ¿De verdad tenemos que divorciarnos?
Con una mirada fría y un tono definitivo, Amaya respondió: —Sí.
El rostro de Diego palideció y sus labios perdieron color:
—Incluso si ya abrí los ojos, si ya entendí en qué me equivoqué... ¿ni así vas a cambiar de opinión?
En los ojos de Amaya solo había una frialdad absoluta. Esbozó una sonrisa burlona:
—A estas alturas, ¿vienes a pedir perdón? ¿No te parece ridículo?
»No puedo retroceder el tiempo ni volver a empezar desde que Renata estaba en mi vientre. La última oportunidad que teníamos se esfumó en el instante en que di a luz.
Diego sabía que esa era la respuesta más lógica, pero al escucharla, sintió un dolor inmenso:
—Está bien... Entonces solo tengo una última petición. ¿Podrías dejarme ver a mi hija al menos una vez a la semana?
»Si crees que la pensión alimenticia del acuerdo no es suficiente, puedo darte más, hasta que estés conforme.
Amaya negó rotundamente con la cabeza:
—Perdiste tu derecho a ser padre cuando decidiste no estar en el nacimiento de Renata ni en su primer mes. Lo mejor que puedes hacer por ella es no meterte en su vida y evitar que se haga falsas ilusiones de tener un papá.
»En cuanto a los hijos... ya lo dijo tu mamá: a ti no te faltarán mujeres dispuestas a parir para ti. Renata es solo una niña, después tendrás a muchísimas mujeres que te den un hijo varón.
Al mencionar eso, Amaya sintió una pequeña punzada de dolor en el pecho.
No podía creer que en pleno siglo veintiuno, en un mundo tan avanzado, una familia rica y aparentemente sofisticada como la familia Muñoz siguiera teniendo ideas tan machistas y prefiriera a los hombres sobre las mujeres.
Pero ahora agradecía enormemente que Renata hubiera sido niña.
Si hubiera sido niño... conociendo a los Muñoz, no le habría sido tan fácil quedarse con la custodia y llevarse a Renata.
Diego notó el sarcasmo en sus palabras y, desesperado, intentó sujetarla de la mano:
—Ami, yo jamás he hecho menos a las mujeres. Yo también quiero muchísimo a... Reni. No me quites la oportunidad de ser su papá, ¿sí?
Amaya dio un rápido paso hacia atrás para evitar que la tocara:
—Diego, el cariño que llega tarde no vale nada. ¿De verdad tienes que humillarte de esta manera?
Él se quedó petrificado, tragando saliva con dificultad.
Cerró los ojos para controlar sus emociones y, con la voz destrozada, preguntó:

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