Vera respiró hondo, se apartó del grupo y contestó la llamada casi de inmediato:
—Papá...
Al otro lado de la línea, la voz de su padre cortó el aire como un látigo:
—Vera, ¿qué significa esto?
—¡Apenas acabas de integrarte a la familia y ya nos arrastras a un escándalo de esta magnitud! ¿Tienes idea de que has convertido el apellido Navarro en el hazmerreír de todos?
El señor Navarro acababa de aterrizar tras un viaje de negocios en el extranjero, solo para que el desastre de la gala benéfica le estallara en la cara.
Había estado tan extasiado de encontrar a su hija en la madurez de su vida, que no perdió un segundo en organizar un banquete fastuoso para presentarla en sociedad con bombos y platillos.
Pero Vera no le había contado la historia completa.
Él creía que ella era una mujer recién divorciada que luchaba por sacar adelante a su hijo. Jamás imaginó la turbia verdad sobre el origen del niño.
Y ahora, tras el escándalo público, toda la élite de Solsepia, e incluso de Solarenia entera, sabía que su recién descubierta hija era una adúltera que había concebido un hijo ilegítimo a espaldas de su marido.
La familia Navarro siempre había mantenido una reputación intachable en Solsepia. Tanto él como sus hijos eran conocidos por su rectitud; cualquier trapo sucio se lavaba estrictamente en casa.
¡Y resultaba que la hija que acababa de acoger los estaba exhibiendo en la plaza pública!
A Vera le temblaban las manos mientras sostenía el celular. Se apresuró a inventar excusas:
—¡Papá, escúchame, las cosas no son como parecen!
—Déjame ir a casa y explicártelo todo, ¿sí? ¡Papá, te lo juro, me tendieron una trampa!
Su voz se quebró en un llanto lastimero, cargado de una falsa pero convincente injusticia.
El tono rígido del señor Navarro se suavizó ligeramente ante el llanto de su hija:
—Está bien. Ven a casa de inmediato. Hablaremos de esto cara a cara.
Al colgar, el pánico devoraba a Vera por dentro.
La familia Ramos le había dado la espalda y los Muñoz ya no eran una opción viable. La familia Navarro era su única tabla de salvación, la única carta que le quedaba para cambiar su destino.


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