Esa niña enferma, una vez que el diagnóstico fuera oficial, se convertiría en un agujero negro de gastos médicos interminables. Y eso, asumiendo que siquiera tuviera cura.
Melina estaba segura de que, al escuchar semejante noticia, su hermana mayor desistiría de la absurda idea de pelear por la custodia.
Además, Diego seguramente dejaría de dejarse manipular por Amaya a través de esa niña.
En cuanto a su padre, Rubén Muñoz...
Llevaba tantos años atrincherado en su segunda casa en Clarosol que probablemente le importaba un rábano si la familia se hundía o flotaba. No esperaba nada de él.
Después de tragar tantas derrotas, Melina había aprendido la lección.
En este tablero, ella sería la estratega maestra de los Muñoz, reuniendo todo el poder de fuego para aplastar a Amaya de una vez por todas.
Y la razón por la que ahora le estaba dorando la píldora a Valeria Zaldívar, lisonjeándola y dándole falsas esperanzas, era para usarla como su arma. Quería que Valeria hiciera el trabajo sucio y destrozara a Amaya.
Valeria soltó una carcajada arrogante, con los ojos brillando de prepotencia:
—Amaya está en Santa Lucía en este momento. ¡Eso es como meterse sola en la boca del lobo! Santa Lucía es mi territorio. No se preocupen, ¡tengo miles de formas de hacerle la vida imposible!
Los ojos de Melina se iluminaron de pura ambición:
—¡Perfecto! Pero además de hacerla sufrir, tienes que buscar la forma de que mi hermano ponga toda su atención en ti. Necesitamos que firme esos papeles de divorcio lo antes posible. Mientras más rápido nos libremos de esas dos, mejor para todos.
Vera sentía una punzada de celos amargos en el pecho, pero entendía que la situación lo requería. Reclutar a Valeria para su bando era vital, así que se tragó el nudo en la garganta y guardó silencio, aunque la frustración la carcomía por dentro.
Al recordar la cadena de humillaciones que había sufrido desde que regresó a Solarenia y se cruzó con Amaya, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Alguna vez fue la niña mimada, la princesa intocable, ¿y ahora? La habían arrastrado por el fango. ¡Había pisado la cárcel dos veces! Solo de recordar el rostro feroz de la reclusa que mandaba en la celda, sentía que se le iba el alma.
—Vera, no te deprimas, ¡tú eres la pieza clave en lo que sigue! —dijo Melina, notando su decaimiento, y le dio unas palmaditas en el hombro con firmeza.
Vera levantó la cabeza de golpe:

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