La codicia de Vera por Diego nunca había menguado.
Incluso ahora, tras la avalancha de contratiempos, entre menos cartas tenía para jugar, más profunda y oscura se volvía su obsesión por él.
Ella siempre había dado por sentado que, en cuanto Diego y Amaya firmaran los papeles del divorcio, sería ella quien ocupara el lugar de señora de la casa.
Al fin y al cabo, se conocían de toda la vida y compartían una conexión emocional innegable.
Además, sus historias eran un reflejo la una de la otra: ambos arrastraban el peso de un matrimonio fallido.
Y ahora, con el poderoso respaldo de la familia Navarro, ya ni siquiera tendrían que preocuparse por las cadenas del escrutinio moral...
Por si fuera poco, su tía Josefa siempre la había tratado como a una reina, defendiéndola con más fiereza que su propia madre biológica.
Para Vera, convertirse en la esposa de Diego era solo cuestión de encontrar el momento perfecto para que él la aceptara sin reservas.
Sin embargo, jamás imaginó que Valeria Zaldívar se cruzaría en su camino.
Al ver el rubor coqueto en el rostro de Valeria y escuchar sus descaradas insinuaciones, Vera sintió que la sangre le hervía. Estaba al borde de un ataque de nervios.
Estuvo a un milímetro de estallar, de confrontarla frente a todos y exigirle que se olvidara de sus ridículas fantasías.
Pero justo en ese instante, Melina Muñoz le clavó una mirada feroz que la heló en el sitio:
—¿Por qué sería imposible? ¿En qué no supera Valeria a esa Amaya? Tiene un linaje impecable, es brillante, bellísima y tiene una figura envidiable...
Melina no escatimó en halagos hacia Valeria, mientras no dejaba de lanzarle miradas cargadas de significado a Vera:
—Si Diego de verdad se divorcia de Amaya, él y Valeria harían una pareja espectacular. El problema es que, por ahora, mi hermano sigue atrapado en su terquedad, dejándose manipular por esa mujer y la niña.
—Valeria, si de verdad tienes un as bajo la manga para que mi hermano se olvide de una vez por todas de ese par y evitemos que nos desangren con el divorcio, toda la familia Muñoz te estará eternamente agradecida.
Los ojos de Melina brillaban con malicia. Ya tenía toda la jugada planeada en su cabeza.

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