La mirada de Diego delataba, sin quererlo, la culpa que lo carcomía por dentro.
Romeo aflojó el agarre y dio un paso atrás. Acomodó el cuello arrugado de la camisa de Diego con una mezcla de lástima y superioridad.
—Diego, crees que todos son unos manipuladores porque tu propia mente está llena de cálculos. Siempre pensaste que Amaya jamás podría dejarte, que a pesar de todos los desprecios, seguiría esperándote como un perro fiel. Pero te equivocas. Ella tiene sus sentimientos muy claros: cuando amó, te amó de verdad, pero cuando decide irse, no hay vuelta atrás.
Romeo tomó aire, y sus palabras, afiladas como dagas, dieron en el blanco:
—En los últimos cinco años, ella cocinó para ti, te dio una hija en esa casa vacía y fría, e incluso sacrificó su propio brillo profesional por el tuyo. Y tú, ciego, no viste nada de eso, solo juzgas su frialdad de ahora. Pero ¿alguna vez te has preguntado por qué alguien abandonaría a la persona que más amó, si no fuera porque el dolor y la decepción se volvieron insoportables?
—Mi presencia aquí no es para arrebatarte a tu esposa, como tú crees, sino para exigir un poco de justicia en nombre de esa mujer que alguna vez te entregó su vida entera.
—Si no puedes darle el respeto y el amor que se merece, entonces pórtate como un hombre y retírate con dignidad. Conserva el poco respeto que les queda, no hay necesidad de arrastrarse hasta la miseria total.
—Piénsalo bien.
Al decir eso, Romeo le dio la espalda sin regalarle una mirada más y caminó con paso firme hacia la entrada del hospital.
El viento agitó su saco, dejándole una imagen inquebrantable a Diego.
Diego permaneció ahí parado. Su cigarrillo se había consumido hasta las cenizas y el calor le quemaba los dedos, pero no sentía absolutamente nada.
Las palabras de Romeo eran cuchillas penetrando los rincones más profundos y oscuros de su conciencia.
*Retirarse con dignidad...*
Susurró Diego para sí mismo, y una sonrisa de desprecio hacia su propia persona asomó en sus labios.
Él, Diego Muñoz, el maestro de la estrategia y la manipulación... ¿en qué momento había terminado tan patético?
Se giró de golpe y lanzó una patada brutal contra la puerta del Bentley.
El golpe metálico retumbó en la soledad de la noche.
Por supuesto que sabía lo extraordinaria que era Amaya, por supuesto que sabía los sacrificios que ella había hecho esos cinco años.
Y era precisamente por saberlo que le aterraba tanto.

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