Vera había perdido mucho peso, sus ojos estaban hundidos y, al cruzar la puerta de salida, parecía que se desmoronaría al primer soplo de viento, tambaleándose a cada paso.
Melina se apresuró a sostenerla, aunque no pudo contener los reclamos:
—¡Vera! No es por molestarte, ¡pero fuiste demasiado estúpida!
—¡Cómo se te ocurre falsificar una prueba de paternidad! ¡Pusiste a toda nuestra familia en riesgo, ¿lo entiendes?!
—Si ibas a mentir, mínimo hubieras avisado. ¡Ahora la otra parte tiene todo en nuestra contra! ¡Queríamos destruirlas y nos terminaron dando una paliza!
Solo de recordar lo que había pasado, a Melina le hervía la sangre.
Pero, al fin y al cabo, había visto crecer a Vera desde que eran unas niñas. Si Diego podía lavarse las manos y no ayudar, ella no iba a abandonarla.
Primero la sacaría a ella, y luego pensaría en cómo ayudar a su madre y a su tía.
El rostro de Vera no tenía ni una gota de color. Sus pasos eran lentos y su voz apenas un susurro:
—Melina, ya... ya no tiene caso hablar de esto a estas alturas.
—¿Crees que... yo quería que terminara así? ¡Lo que más deseo es que esa infeliz de Amaya desaparezca de nuestras vidas para que nos deje en paz!
—Pero no sabía que iba a resultar tan resistente. Jamás imaginé que... nos arruinaría de esta forma.
El solo pensar en todo lo que había sufrido tras las rejas hacía que a Vera le rechinaran los dientes de puro odio.
Valeria, observando con los brazos cruzados, intervino con un tono despectivo:
—A mi parecer, no es que Amaya sea intocable, ¡es que ustedes han sido demasiado blandas!
—¡Pero pierdan cuidado, porque el karma ya la alcanzó!
—Seguro ni se han enterado, ¡pero su mocosa tiene leucemia! ¡Ahorita mismo la están trasladando a Santa Lucía para tratarla! Con ese problemón encima, apenas y podrá respirar. ¡Es la oportunidad perfecta para que ustedes se levanten!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta