—Déjala ir. Cada vez que te acercas, solo la lastimas más y la agotas mentalmente.
—Aún no sabemos la gravedad de lo que tiene Reni, y ella ya no da más. Lo único que quiere es liberarse de este matrimonio, dejar de destruirse mutuamente. ¿Acaso... no eres capaz de concederle eso?
Romeo trataba de hacer entrar en razón a Diego, pero sus palabras solo lograron encender más su furia.
Diego soltó una carcajada sarcástica:
—¿Es para liberarla a ella, o para dejarles el camino libre a ustedes dos?
—¡Romeo, ahórrate tus discursos moralistas! ¡No te creas que no sé lo que realmente hay entre ustedes!
—¡Toda tu familia se ha desvivido por congraciarse con ella! ¡Tus padres la tratan como a una reina! Al final del día, ¡lo único que les interesa es el patrocinador poderoso que tiene Amaya!
—¿O de verdad me crees tan estúpido como para no darme cuenta?
Diego decidió lanzar la bomba sin filtro, con la única intención de provocar a Romeo y ver cuál sería su reacción.
Al oír aquello, la furia estalló en Romeo. Lo agarró de las solapas de la camisa con violencia:
—¡Puedes insultarme a mí, Diego, pero no te atrevas a rebajar a una mujer que te fue fiel durante cinco años!
—¿Así que para ti, Amaya es una cualquiera sin valores ni dignidad? ¡Con razón ella te desprecia tanto, si hasta yo siento asco de ti!
—¡El cariño que mis padres le tienen es genuino, le tienen un inmenso aprecio, además de que nuestras familias fueron muy unidas en el pasado! ¡Nadie está buscando aprovecharse de ningún contacto! ¡Amaya no tiene ningún poderoso patrocinador detrás de ella!
—Y si quieres pensarlo así, adelante: yo soy su respaldo. ¡No permitiré que vuelvas a lastimarla ni que tu familia pisotee su dignidad! ¡Ese es mi límite!
Esa última frase de Romeo fue un grito directo desde el alma, un sentimiento que llevaba tiempo escondiendo en su interior.
Para él, Amaya siempre había sido como la hermanita menor a la que había jurado proteger.

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