El coraje de Josefa era tal que sentía que le iba a estallar el corazón. Su pecho subía y bajaba bruscamente; su respiración era tan entrecortada que casi se desmaya allí mismo.
Entre el griterío de las mujeres enfurecidas, Diego Muñoz se mantenía de pie. Tenía la cara tan sombría que casi se sentía la escarcha brotar de su piel.
Al ver cómo humillaban a su madre ante sus propios ojos, no aguantó más. Dio un paso firme, y con una voz helada que atravesó el ruido como una cuchilla, ordenó:
—¡Basta! ¡Cállense todas de una buena vez!
Sus ojos, dos dagas frías, barrieron a Amaya y a Ximena. Estaba decidido a recuperar el control de la sala:
—En cuanto a los números de la beneficencia, voy a traer a un equipo de auditores para que revisen los libros y se los muestren a todo el mundo. ¡Y si resulta que hay algún faltante, como sugiere la Señora Valdés, Grupo Muñoz pagará la diferencia íntegra! ¡Sin embargo, pongo las manos en el fuego por mi madre y mi tía; sé que jamás falsificarían unas cuentas!
Tras esas palabras, cerró los ojos, como tomando una decisión sin retorno. Cuando volvió a hablar, su voz era puramente siniestra:
—Pero, dado que alguien ha venido esta noche a arruinarnos la velada... ¡vamos a llegar al fondo de las conversaciones que empezamos!
—La señora Ortega se ha llenado la boca asegurando que el hijo de Vera Ramos no es de Romeo Ortega, e incluso habla de tres exámenes de ADN. Pero...
Su mirada se tornó afiladísima, clavándose en Amaya:
—Ninguno de nosotros presenció esas pruebas. ¡Así que la familia Muñoz desconoce por completo la validez de esos documentos!
Sin previo aviso, sacó unos papeles de su saco y los azotó contra la mesa con violencia:
—Pero yo sí tengo algo. Hace unos días, mi familia mandó a hacer un examen con mi muestra y la de mi hija en secreto. ¡Y los resultados dictan que no lleva mi sangre!
La sala entera enmudeció.
Diego no le dio a Amaya ni un segundo para responder; de inmediato contraatacó, su voz impregnada de una fiereza desesperada:
—Tú misma, Amaya, aceptaste antes que no era mi hija, y aquí tienes las pruebas en tu cara. Ya que ninguna de las dos partes está de acuerdo, ¡que sean estas honorables damas testigos de lo que pasará hoy!

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