—¡Exactamente! Me acuerdo perfecto de cuando Vera Ramos cumplió los dieciocho; los Muñoz y los Ramos andaban por todos lados diciendo que era la joya de Solsepia. Mi pobre hijo estaba embobado con ella. ¡Gracias al cielo que nunca fuimos a pedir su mano, o el que tendría los cuernos puestos sería mi muchacho!
—¡Y todavía se enorgullecen de las bajezas de su hija! Hablan con tanto descaro y sin una gota de remordimiento hacia los Ortega... Es de no creer.
—Quién diría... por fuera los Muñoz aparentaban tener una moral impecable y unos hijos brillantes, pero su verdadera cara es otra. ¿No fue hace poco que salió el rumor de que el señor Muñoz vivía en secreto con su secretaria y tenían hijos bastardos? ¡Qué familia tan hipócrita!
...
Los susurros y murmullos en el salón hacían que Josefa cambiara de color como un camaleón. Pero esta era su noche, su territorio; si se dejaba vencer ahora, jamás podría volver a levantar la cabeza en los círculos de poder de Solsepia.
¡No! ¡No podía permitir que esas arpías la pisotearan!
Con ese pensamiento, Josefa enderezó la espalda y levantó el rostro:
—¡Vera... Vera tuvo sus motivos! ¡No hizo todo eso por maldad! ¡Fueron circunstancias terribles que no estamos dispuestos a contar frente a los demás!
Luego, Josefa cambió su táctica y apuntó directamente a Beatriz y a Amaya:
—¡Pero tú, Beatriz Ibarra! Eras una de nosotras, una dama, y decidiste arrastrarte por el lodo para andar metida en el negocio del licor y la noche! ¡Eso no es más que andar por ahí vendiendo favores, tú eres la que no tiene ni una pizca de vergüenza!
—¡Que nadie se deje engañar por esta víbora! Pónganse a pensar, durante todos estos años, mientras ella ha sido la reina de su asqueroso bar, ¡cuántos de sus maridos han sido clientes VIP de Oro & Noche, rogándole un poco de atención a esta cualquiera!

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