Amaya estaba a punto de soltar una risa burlona y aceptar el reto, cuando, de forma inesperada, una figura desquiciada saltó al frente, interrumpiéndola.
—¡Diego! ¡No lo hagas! ¡No hace falta ninguna prueba!
Vera saltó como un gato al que le pisan la cola, sujetó a Diego por el brazo con tal fuerza que casi le clava las uñas. Estaba pálida, como si hubiera visto a un muerto.
—Romeo y yo ya estamos separados, eso es caso cerrado, ¡no tenemos por qué sacar los trapos sucios otra vez!
—Y en cuanto a la hija de Amaya... ¡Si ya tienen los papeles, para qué hacer un circo! ¡No tiene ningún sentido!
Aferrada al brazo de Diego, los ojos de Vera suplicaban en medio del pánico, implorándole con la mirada que no dijera ni una palabra más.
Estaba aterrorizada.
Le daba pavor que Diego fuera capaz de hacer aparecer a Romeo, que aquello de "sacarles sangre frente a todos" se convirtiera en el verdugo de sus mentiras.
En cuanto los resultados hablaran y gritaran que la hija de Amaya era de Diego, lo que le esperaba a ella sería un odio profundo y repulsivo por parte de él.
Jamás permitiría que Diego descubriera la verdad.
Pero Diego estaba obsesionado con su plan. Se zafó del agarre de Vera, confuso y con la mirada gélida.
—Vera, ¿qué te asusta? ¡Si vamos a sacar la basura, hay que sacarla toda!
—¡Si Amaya y Romeo no se atreven, entonces es obvio que esconden algo podrido!
Dicho esto, volvió a presionar a Amaya, avanzando sin darle respiro.
—¡Amaya, habla de una maldita vez! ¿Te atreves o no?
—¡No lo permitiré! ¡Por qué diablos habría de hacerlo!
Vera perdió el control por completo y se puso a gritar de manera histérica: —¡No pienso participar en ninguna maldita prueba de ADN! ¡Y tampoco voy a devolverles un solo peso de lo que los Ortega me dieron! ¡Ni se les ocurra pensarlo!

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