La pálida luz del pasillo iluminaba el rostro de Diego. Estaba blanco como una hoja de papel, pero al mismo tiempo proyectaba una oscuridad aterradora. Romeo respiró hondo, tragándose la irritación, y le sostuvo la mirada con frialdad:
—¿Ya terminaste de observar?
Diego no respondió. Caminó hasta quedar frente a Romeo; estaban tan cerca que casi podían sentir la respiración del otro.
—¿Qué... qué le hiciste? —preguntó Diego con la voz quebrada. Apenas acababa de despertar y se notaba que seguía débil.
Romeo soltó una risa irónica, con los ojos cargados de desprecio:
—Diego, esa pregunta deberías hacérsela a tu querida primita. Amaya fue secuestrada y drogada. ¿De verdad no sabes quién está detrás de todo esto?
—¡Te pregunté qué le hiciste tú! —rugió Diego, perdiendo los estribos. Las venas le palpitaban en la frente mientras agarraba a Romeo por el cuello de la camisa—. En el auto... ¿qué hicieron? ¡¿Hasta dónde llegaron?! ¡Habla!
Al recordar la escena, los ojos de Diego se llenaron de furia. Esa imagen se había grabado a fuego en su mente y no lo dejaba en paz. Romeo, viendo al hombre perder el control, sintió lástima y frustración. Con un movimiento brusco, apartó las manos de Diego y, armándose de paciencia, explicó:
—Estaba drogada y no razonaba. Yo quería llevarla al hospital lo más rápido posible, pero tú te pusiste a golpear el auto como un maniático para impedírmelo. Diego, en ningún momento me pasé de la raya con ella. Simplemente...
Pero antes de que pudiera terminar, Diego lo interrumpió con rabia:
—¡La vi sentada encima de ti! ¡Los vi besándose! Si no pasó nada, ¿por qué no bajaste la ventana? ¿Por qué no abriste la puerta? ¡Te aprovechaste de ella!

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