Amaya se quedó congelada, su mente tardó tres largos segundos en procesar lo que acababa de escuchar antes de recuperar el habla:
—¿Q-Qué...? Romeo, ¿tú y el Director Ortega son...?
Romeo esbozó una sonrisa enigmática y, con total naturalidad, pasó un brazo por los hombros del Director Ortega.
Con el tono despreocupado de quien presenta a un viejo amigo, dijo:
—Permíteme presentarte oficialmente. Ricardo Ortega, Director de la Oficina de Patrimonio Histórico, experto en restauración, coleccionista de antigüedades, calígrafo... Ah, cierto, y el verdadero líder en la sombra del Grupo Perenne. Y ese último título, significa que es mi papá.
Romeo enumeró de un tirón una larga lista de títulos. Amaya sentía que le daba vueltas la cabeza.
Especialmente con esa última frase de "es mi papá", que cayó como un trueno y la hizo dudar de sus propios oídos.
—¡Mocoso! ¿Para qué sacas a relucir esos títulos ridículos frente a la maestra Aura? ¿No te da vergüenza?
Ricardo Ortega forzó un gesto serio y, fingiendo enojo, le dio un manotazo en la nuca a Romeo.
Romeo reaccionó a la velocidad del rayo, cubriéndose la cabeza mientras se quejaba exageradamente:
—¡Oye, viejo, seamos razonables! No me pegues en la cabeza que me vas a dejar tonto.
Ricardo lo fulminó con la mirada y lanzó otro manotazo hacia su brazo:
—¡Eso te pasa por faltarme al respeto frente a la maestra Aura! Te falta educación y yo me encargaré de dártela.
Romeo esquivó el golpe con agilidad, deslizándose por debajo del brazo de Ricardo. En un movimiento fluido, le sujetó la muñeca, usó el impulso a su favor y, con una facilidad pasmosa, hizo tropezar al respetable Director de casi sesenta años.
La escena dejó a Amaya con la boca abierta.
¿Eran padre e hijo, o un par de enemigos jurados?
¿De verdad la relación entre Romeo y su padre era tan casual y... violenta?
Romeo se frotó la nariz con orgullo. Lucía una sonrisa libre y despreocupada, con cierto aire de rebeldía juvenil:
—Viejo, admite que ya no eres rival para mí. ¿Aún quieres pegarme? Si no tuviera el brazo lastimado, habrías caído mucho peor.
Ricardo no pareció ofenderse en lo absoluto. Se sacudió el polvo riendo y se levantó del piso de un salto, señalando a su hijo con el dedo.
—¡Hijo ingrato! ¡Eres un ingrato! ¡Ya verás cuando lleguemos a casa, tu madre te pondrá en tu lugar!
Luciana, que observaba la escena, se partía de risa, evidentemente acostumbrada a las payasadas de aquel par.
Agitó la mano para intentar calmarlos:

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