Sin embargo, ante los ojos de Ricardo Ortega, ella era una eminencia en un pedestal, mientras que su propio hijo no valía ni un centavo.
Al ver la dinámica tan hilarante entre padre e hijo, Amaya no pudo evitar reírse, con los ojos brillando de diversión.
Siempre había pensado que familias acomodadas como la familia Ortega tendrían reglas extremadamente estrictas y un ambiente tan opresivo y asfixiante como el de la familia Muñoz.
Pero jamás imaginó que Romeo, quien siempre proyectaba una imagen tan distante, sofisticada e inalcanzable, frente a su familia se comportaba como un chico juguetón y lleno de vida.
Definitivamente había aprendido algo nuevo.
El grupo, entre risas y charlas, se subió al auto rumbo a la residencia de la familia Ortega.
Amaya había llegado en taxi, pues le parecía que su Maserati era demasiado llamativo para la ocasión, así que no lo había llevado.
Ella y Luciana viajaron en el auto de Romeo.
Durante el trayecto, Luciana le contó muchas anécdotas de la infancia de Romeo, lo que le dio a Amaya una imagen bastante clara del entorno en el que había crecido.
Resultó que César Ortega no era su hermano biológico, sino su primo.
Los padres de César habían fallecido en un accidente automovilístico cuando él tenía apenas tres años, por lo que fue adoptado por los padres de Romeo.
Como la historia de César era trágica, los padres solían consentirlo más, dándole a Romeo total libertad para hacer lo que quisiera.
Romeo creció sin ataduras, yendo y viniendo a su antojo entre la casa de sus abuelos y la suya.
Tanto los abuelos como sus padres creían fervientemente en dejar que los niños desarrollaran su propia naturaleza, sin interferencias ni exigencias, y mucho menos obligándolos a nada.
Cualquier interés que Romeo tuviera, ellos lo apoyaban incondicionalmente...
Después de todo, ¿quién es un verdadero genio nato?
No es más que el resultado de un inmenso esfuerzo guiado por la curiosidad, creciendo y explorando el mundo sin límites.
Amaya se rio al escuchar a Luciana decir que, a los siete u ocho años, Romeo ya había devorado todos los libros de su biblioteca.
Ella era igual de niña. Era una ratona de biblioteca típica; cualquier libro que cayera en sus manos lo leía con fascinación.
En aquel tiempo, Beatriz Ibarra trabajaba todo el día, de sol a sol. Cuando llegaba a casa casi siempre estaba ebria, por lo que los libros fueron la principal compañía de Amaya.
Su forma de ver el mundo se construyó absorbiendo el conocimiento de esas páginas.
Y la razón por la que se enamoró de la arquitectura, en sus inicios, fue porque adoraba la poesía de una reconocida autora de antaño. Al investigar sobre su vida, descubrió que esa mujer también era una arquitecta brillante.

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