—Mmm... ¡Mmmm!
Antes de que Vera pudiera soltar un grito de auxilio, un golpe seco en la nuca la dejó inconsciente en el acto.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en una habitación en penumbras. Frente a ella había un hombre imponente, observándola con una mirada que emanaba puro instinto asesino.
Vera se encogió, aterrorizada:
—Tú... ¿quién eres?
El hombre, con una voz profunda e inexpresiva, sacó un teléfono de su bolsillo.
Bajo la débil luz, Vera reconoció inmediatamente que era su propio celular.
—La contraseña —exigió él.
La voz le resultaba familiar. La había escuchado antes.
Vera lo analizó unos segundos y la comprensión la golpeó. ¡Era ese hombre que siempre andaba a la sombra de Amaya! Ese que le hacía el trabajo sucio. Creía que se llamaba... Saúl.
No había alcanzado a enviar el video antes de que él la noqueara.
Si le daba la contraseña, él borraría el video y todo su esfuerzo se iría a la basura.
Apretando los dientes, respondió:
—No la sé.
Una bofetada brutal cruzó su rostro, seguida de una advertencia letal:
—¿La recuerdas ahora?
El golpe la dejó viendo estrellas. Se agarró la mejilla enrojecida y gritó indignada:
—¿Y te llamas hombre? ¡Golpear a una mujer, qué bajeza!
Saúl ni siquiera parpadeó. La agarró bruscamente del cabello:
—En mis misiones no hay géneros, solo objetivos.
—Si no me das la contraseña, de aquí no sales viva.
El tirón fue tan violento que Vera sintió que le arrancaban el cuero cabelludo.
—¡Me duele! ¡Suéltame! ¡Está bien, te la daré!

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