Leonor estaba trabajando horas extras y ya se estaba quedando dormida sobre el escritorio.
El brusco jalón de camisa que le dio Amaya la hizo brincar del susto. Al ver que se subía a su escritorio y tiraba todos sus documentos al piso, se enfureció al instante.
Gruñó entre dientes:
—Amaya, ¡¿qué te pasa?!
—Grupo Muñoz no es un lugar para que vengas a armar tus berrinches. ¡¿Qué pretendes?!
—¿Que qué pretendo?
Amaya la jaló más fuerte de la ropa y le gritó: —¡Más bien yo les pregunto a ustedes, a la familia Muñoz, qué carajos pretenden!
—Leonor, de todos los Muñoz, creí que eras la única que valía la pena. ¡Pero ya vi que eres la más hipócrita y la peor de todos!
—¡Habla! ¡¿Dónde escondiste a Renata?!
A Amaya le hervía la sangre de rabia.
Cada segundo que pasaba sin saber si Renata estaba bien, se le hacía eterno.
Leonor estaba desconcertada:
—No tengo idea de lo que me estás hablando. ¿No tenías a tu hija contigo? ¿Qué haces aquí reclamándome a mí?
De pronto, Leonor pareció caer en cuenta de algo y se levantó de la silla de golpe:
—¡No me digas que perdiste a la niña!
—Amaya, ¡esa niña también es parte de la familia Muñoz! Se la dejamos a tu cargo y... ¡¿y tú vas y la pierdes?! ¡¿Qué clase de madre eres?!
Amaya no pudo evitar soltar una risa llena de sarcasmo:
—¡Finge, síguele fingiendo! Leonor, tú fuiste la que alteró mi acuerdo de divorcio con Diego, ¿verdad? ¡Tú falsificaste su firma! Quizás otros no se den cuenta, ¡pero yo sí!
—Primero intentas engañarme con el acuerdo para darle la custodia a Diego a escondidas, y luego mandas a alguien a secuestrar a Renata... ¡Qué buen plan armaste, era de esperarse de ti!
Entre más lo pensaba, más se enfurecía. Definitivamente, todos en la familia Muñoz eran una completa decepción.

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