Amaya estaba casi segura de que Diego tenía algo que ver en todo el asunto.
Se abalanzó hacia él llena de furia y le soltó una bofetada con todas sus fuerzas.
Esta vez Diego no intentó esquivarla. El golpe le dio de lleno y la marca roja de los cinco dedos se dibujó al instante en su mejilla.
Amaya le gritó furiosa:
—¡Diego! ¡¿Fuiste tú?! ¡¿Tú mandaste a alguien a robarse a Renata?!
Diego se quedó sin saber qué responder.
Ya sabía la verdad, pero no podía confesarla.
Si confirmaba con sus propias palabras que Melina se había robado a Renata, terminaría por inculpar a su hermana.
No podía decir nada sin antes tener todos los detalles claros. Necesitaba averiguar bien qué estaba pasando.
Al no recibir respuesta, Amaya insistió:
—¡Habla, Diego! ¡¿Fuiste tú o fue tu familia?!
—¡¿Cómo se atrevieron?! ¡¿De verdad se creen los dueños de todo Solsepia?! ¡¿Piensan que los Muñoz pueden hacer lo que se les dé la gana impunemente?!
—¡Te lo advierto, si le tocan un solo pelo a Renata, me voy a encargar de que cada miembro de tu maldita familia pague las consecuencias! ¡Te lo juro!
Amaya lo señaló con el dedo, reclamándole a gritos con palabras llenas de rencor.
Diego se quedó de pie en su lugar, sin mover un solo músculo. Parecía una estatua, un muro de hielo incapaz de emitir cualquier tipo de respuesta.
Al verlo así, Amaya confirmó sus sospechas.
Era obvio que Diego sabía algo, pero se negaba a decírselo.
Él siempre protegía a los suyos por encima de todo. Si decidía quedarse callado, no importaba cuánto le rogara, no le sacaría ni una palabra.
A su hija se la habían robado a plena luz del día, y su primera reacción no fue preocuparse por la seguridad de la niña, sino pensar en cómo encubrir a su familia...
Bien, perfecto.
Llena de rabia, Amaya asintió con una risa amarga. Sin dignarse a dedicarle ni un segundo más a Diego, dio media vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta