30 DÍAS... CAPÍTULO 15. Vete
Allison entró sin pedir permiso, sin preguntar y sin preocuparse de la supuesta virtud que había prometido respetarle a su querido secuestrador.
Se acercó hasta la cama apurada, porque lo que había escuchado era un quejido demasiado débil para un hombre de su tamaño, y luego abrió las ventanas de golpe para verlo bien.
—¡Ángel! —intentó sacudirlo con fuerza, pero algo le decía que no iba a reaccionar—. ¡Ángel, despierta!
Él apenas emitió un sonido incomprensible y Allison acercó la mano a su frente y la retiró casi de inmediato.
—¡Dios! ¡Estás ardiendo!
Corrió hasta la cocina, tomó el termómetro del botiquín y lo dirigió directamente a su frente. Cuando leyó la pantalla, sintió un vuelco en el estómago.
—Treinta y nueve con ocho... ¡Joder, tienes casi cuarenta de fiebre! —Y eso bastó para que ahora fuera ella la que le diera una bofetada que lo hizo reaccionar.
—¿Qué...? —murmuró él llevándose una mano a la cara y trató de incorporarse, pero antes de que pudiera evitarse su cuerpo reaccionó violentamente y terminó vomitando junto a la cama antes de caer de nuevo sobre las almohadas.
—Estoy bien...
—¡No, no lo estás! ¡Tienes casi cuarenta de fiebre! —rezongó Allison antes de ir por una compresa helada y todos los antipiréticos del botiquín. Acercó dos a su boca con un gesto firme y una orden—. Tómate esto.
Pero Ángel hizo un gesto de protesta.
—No necesito...
—¿Que te trate como a un enfermo? ¡Sí lo necesitas! Ahora trágate las pastillas.
Ella prácticamente le sostuvo la cabeza para que pudiera tomar el medicamento. Después mojó los paños en el agua fría y se los empezó a poner sobre la frente.
Durante toda la mañana no se separó de él. Cada media hora volvía a tomarle la temperatura. Cada vez que el paño perdía el frío, lo cambiaba. Y trató de que bebiera toda el agua posible, pero la verdad era que no veía mejoría.
—Seguro es por la lluvia... —murmuró para sí misma—. Pasaste horas empapado arreglando ese maldito generador.
Ángel sonrió con dificultad.
—Te dije... que la tormenta... duraría tres días.
—¡Y tú decidiste pelearte con ella!
Él dejó escapar una risa débil que terminó convertida en tos y Allison volvió a preocuparse. Pero lo peor fue que al mediodía la fiebre no había bajado, al contrario, persistía y hasta parecía que quería subir.
—Esto no me gusta… —murmuró asustada.
Ángel apenas podía abrir los ojos y contestaba cada vez menos; incluso su respiración se había vuelto pesada.
Entonces, al sujetar ligeramente la manga de la camiseta para acomodarlo mejor, percibió un olor desagradable.
Se detuvo como si la hubieran golpeado de nuevo y miró su antebrazo. La herida que se había hecho una semana atrás presentaba un aspecto muy distinto al que recordaba. La piel alrededor estaba inflamada, enrojecida, y un hilo amarillento aparecía entre los puntos improvisados.
Allison sintió un escalofrío y acercó el rostro lo suficiente como para confirmar el olor a podrido.
—¡Maldición, se le infectó! —exclamó furiosa consigo misma por no haber estado más pendiente de aquella herida; y revisó a toda prisa el botiquín, pero no pudo encontrar ni un solo antibiótico, probablemente por eso él no se había tomado nada y ahora…
El solo pensamiento le cortó la respiración. Ahora quizás ya sería muy tarde.
—Ángel.
Él abrió lentamente los ojos.
—Tu herida está infectada —sentenció Allison subiéndole el antebrazo para que lo viera y él tardó unos segundos en procesarlo.
Cada palabra parecía costarle un esfuerzo enorme, pero aun así no se detuvo.
—Allison… aléjate de aquí… No confíes... en... —pero la frase quedó suspendida cuando una aguja de tres centímetros entró en su cuello.
El pinchazo lo dejó consternado, pero la firma en que sus ojos empezaron a cerrarse fue peor.
—¿Qué... me... inyectaste?
Allison terminó de vaciar la jeringa.
—Un sedante suave.
Ángel intentó incorporarse pero el esfuerzo fue inútil, y el medicamento comenzó a hacer efecto casi de inmediato sobre un cuerpo debilitado por la fiebre.
—¿Por... qué...?
—Porque no vas a llamar a nadie —replicó ella—. Y porque ya sé perfectamente en quién no puedo confiar.
Ángel quiso decir algo más, pero no pudo. Los párpados comenzaron a pesarle, la habitación se volvió borrosa, y lo último que alcanzó a distinguir fue a Allison caminando hacia la puerta con las llaves de la camioneta en una mano y la lista de códigos en la otra.
Luego una oscuridad sorda y una sensación de abandono terminaron envolviéndolo por completo.
Allison llegó a la puerta de entrada y metió aquellos cuatro códigos, cada uno en una cerradura, hasta que una pequeña luz verde apareció en el panel. El mecanismo emitió un clic metálico, y cuando ella empujó, la puerta se abrió frente a ella, dejándole el camino completamente libre.
A menos de seis metros había una camioneta estacionada junto al cobertizo y ella subió al asiento del conductor sin que las manos le temblaran.
La ventaja era que todo estaba cubierto de bosque alrededor, así que el único camino de tierra tenía que ser el que indicara la salida.
—Muy bien... —gruñó apretando el volante con ambas manos mientras encendía el motor y miraba una última vez la cabaña a través del parabrisas—. Lo primero es largarme de aquí.

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