CAPÍTULO 124. Una apuesta arriesgada
La noticia provocó una movilización familiar que habría sido apropiada para una guerra. Cuando llegaron al hospital, Emerson y Lisa ya estaban allí. Quince minutos después aparecieron Alexei y Alba. Luego Giulia y Byron, y después un batallón de Orlenkos de sangre y adoptivos que parecía que estaban pariendo quince mujeres en vez de una.
Pero de todos, la que peor lo estaba pasando no era Katerina, sino Lisa.
—¿Cuánto falta? —preguntó apenas llegó, y Emerson tomó su mano.
—No sabemos.
—¿Ella está bien?
—Está perfectamente —la tranquilizó Alexei.
—¿Y Jordan está con ella? ¿Su madre está con ella? —Lisa comenzó a caminar de un lado a otro sin poder evitarlo—. Deberíamos preguntar otra vez.
Emerson sonrió.
—Lisa, ven aquí —dijo extendiendo su mano y ella se acercó—. Katerina está a salvo.
Lisa dejó de moverse y todos la rodearon porque sabían perfectamente qué recuerdos habían despertado en ella.
—Esta vez nadie va a quitarle ningún bebé a nadie —continuó Emerson—. Vamos a quedarnos aquí y veremos juntos cómo nuestra nieta o nuestro nieto sale de esa sala.
Lisa apretó su mano.
—Nuestro nieto… —susurró como si eso le diera fuerzas.
—Exacto —se apresuró Alexei—. Somos demasiado aquí, y todos sabemos usar armas.
—¡Y también sabemos apostar! —exclamó otro Orlenko—. ¡Mil dólares a que será niña!
Y aquello sí que no se podía evitar. Las apuestas empezaron a correr en categoría de miles, y mientras tanto, dentro de la sala, Katerina tenía problemas mucho más importantes.
—¡Esto es culpa tuya! —exclamó con lágrimas en los ojos y Jordan parpadeó.
—¿Mía?
—¡Tuya!
Alba, situada al otro lado de la cama, soltó una carcajada mientras Jordan la miraba buscando ayuda.
—¿Por qué te ríes como si estuviera condenado? —le preguntó a su suegra.
—Porque lo estás. Al menos hasta que nazca el bebé.
—¡Pero ella participó! ¡Y con mucho entusiasmo, debo decir! —se defendió Jordan y Katerina giró la cabeza muy despacio.
—¿Qué acabas de decir?
—¡Dije que te amo! ¡Que te amo! ¡Todo es culpa mía! —exclamó él.
Otra contracción llegó y ella apretó la mano de Jordan hasta que él sintió cómo los huesos protestaban.
—Kat...
—¡Ni se te ocurra quejarte!
—No me estoy quejando.
—¡Pusiste esa cara!
—¿Qué cara?
—¡La de que te duele!
—¡Porque me estás rompiendo los dedos! Pero no te digo que no lo hagas, solo pongo caras porque no soy de piedra.
Katerina apretó todavía más, Jordan cerró los ojos y Alba comenzó a reír nuevamente.
El médico también tuvo que ocultar una sonrisa.
—Muy bien, Katerina. Otra vez —ordenó, pero ella negó con la cabeza, agotada.
—¡No quiero otra vez!
—Ya casi está.
—¡Eso llevan diciendo una hora!
Jordan le secó el sudor de la frente y le dio un beso rápido en los labios.
—Puedes hacerlo. ¡Eres la mujer más fuerte que conozco! ¡Eres el amor de mi vida! ¡Eres preciosa!
—¡Estoy pariendo!
—¡Sigues preciosa, mi amor!
—¡Te odioooooooooooooooooo! —gritó Katerina con otra contracción y Jordan suspiró.
—Eso sí me resulta familiar.
Katerina soltó una carcajada involuntaria que terminó convertida en otro grito cuando llegó la siguiente contracción y la hora de empujar. Jordan apoyó la frente contra la suya y esta vez dejó las bromas.
—Hola, Mykhail.
El pequeño abrió los ojos apenas un instante y Lisa comenzó a llorar. Jordan se acercó y la abrazó por los hombros; y Emerson acarició la cabeza de su nieto.
—Treinta años después —murmuró Lisa y Jordan entendió: ahora ella podía sostener al bebé, nadie se lo quitaría a su familia.
Las apuestas se pagaron, las mujeres ganaron casi todas, como siempre. Y mientras todos se ocupaban del bebé, Jordan volvió junto a Katerina. Se sentó en el borde de la cama y entrelazó los dedos con los suyos.
Alrededor tenían una familia construida con sangre, elecciones, errores, pérdidas y segundas oportunidades.
—Dime que sí —susurró él besando su frente—. Dime que sí te quedarás conmigo.
—Ni siquiera puedo levantarme, ¿a dónde iría? —respondió Katerina apoyando la cabeza en la almohada y Jordan acarició su pecho por encima de la bata médica.
—Tu corazón se fue por un tiempo, y por mi culpa —suspiró él—. Pero no quiero volver a perderlo. Dime que no lo perdí por completo.
Katerina miró alrededor. No olvidaba la historia que los había separado, pero no podía ignorar la que habían empezado a construir desde entonces.
—Me quedaré si tienes un anillo —dijo de repente y el grito de Jordan se escuchó más alto que el de su hijo.
—¡Que quiere el anillo dice! ¿Quién tiene el anillo? —escandalizó girándose hacia todos y en aquel momento empezaron todos a registrarse los bolsillos y a sacar cajas o billeteras.
—¡Aquí hay uno!...
—¡Este es más bonito!...
—Pues el que yo traje tiene un pedrusco, está mejor…
—¿Y yo a quién le pago la apuesta?...
—¡Yo dije que volvían después del parto!...
—¡Y yo dije que iba a exigir anillo!...
—¿Quién demonios organizó esa apuesta?...
—¡Yo yo… aquí estoy cobrando…!
Por un segundo Katerina y Jordan se miraron, y él se inclinó para robarle un beso desesperado.
—¿Y tú qué apostaste? —le preguntó con descaro.
—¿Yo? —Kat sonrió con picardía—. Yo aposté al “para siempre”.
FIN.

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