CAPÍTULO 120. Verdaderamente libre
Emerson ya los esperaba en la comisaría cuando ellos llegaron, y adentro el detective Harrison los recibió personalmente.
—Angela Blackwood estuvo involucrada en un intento de fuga —dijo sin molestarle en suavizar la situación, y Jordan frunció el ceño.
—¿Cómo…?
—Todavía estamos reconstruyendo los hechos. Ella y dos presas más hicieron alguna especie de plan para escapar en los camiones de descarga de productos alimenticios, pero evidentemente no les salió muy bien. Es mi responsabilidad notificarle a la familia lo que ocurrió… y también que salió herida.
Todos en aquella sala se miraron, pero la verdad era que nadie sabía exactamente qué preguntar en esa situación. Por fin fue Emerson el que rompió el silencio.
—¿Fue grave?
—No mucho. Una costilla fracturada por las balas de goma de los guardias. Ya recibió atención médica y está estable. —Harrison hizo una pausa y Katerina supo que una costilla rota no era el verdadero origen de la llamada—. El problema mayor no es lo que le pasó a ella, sino lo que ella le hizo a otra persona. Una guardia murió durante el intento.
Jordan apretó la mandíbula como si alguien le hubiera pegado en ella.
—¿Angela la mató? —preguntó y el detective asintió sin dudarlo.
—Sí. Tenemos grabaciones y testigos —respondió Harrison, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Eso cambia radicalmente su situación judicial. El fiscal añadirá homicidio a los cargos existentes y está solicitando una pena de al menos cuarenta años sin posibilidad de reducción.
El silencio se extendió por algunos segundos hasta que Kat decidió que si seguían así, podrían estar una hora incómodos y sin saber.
—¿Habrá juicio? —preguntó.
—Sí, pero se celebrará dentro del complejo penitenciario por razones de seguridad. Con las pruebas disponibles, su defensa tiene un margen extremadamente reducido. El juez ya ha indicado que está dispuesto a aceptar la sentencia propuesta si se cumplen los requisitos procesales.
Emerson dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces no saldrá.
—No. —Harrison negó con la seguridad de quien ya ha visto un sistema funcionar—. Las autoridades no suelen ser indulgentes con quien mata a uno de los suyos, en especial si era una mujer con familia… así que Angela Blackwood pasará décadas en prisión.
Eso era todo lo que quedaba por decir, lo demás era protocolo, firmar que habían sido informados, y quitar sus nombres de los contactos de emergencia de Angela, porque ya ni Jordan ni Emerson querían tener nada que ver con ella. Poco después los tres salieron de la comisaría, y si eran honestos, ninguno parecía sorprendido. Después de todo lo que había hecho, nadie necesitaba nuevas pruebas para comprender de qué era capaz Angela.
—¿Estás bien? — Katerina miró hacia Jordan y él asintió.
—Sí.
—Al menos ya no podrá hacerle daño a nadie más. —Emerson respiró profundamente y Jordan se contagió de ese alivio.
Extendió la mano hacia Katerina y ella entrelazó los dedos con los suyos, mientras Jordan permanecía unos segundos contemplando sus manos unidas.
—Yo creo que está aprendiendo autocontrol —comentó Emerson.
—Yo creo que cualquier día explota —replicó Byron—. ¡Combustión espontánea!
Lo que nadie sabía era que casi siempre se encontraban a medio camino en el pasillo y la pobre mesita de té que no tenía la culpa, era la que acababa llena de marcas de trasero.
La casa se había convertido en el centro habitual de reunión de ambas familias. Cada pocos días aparecía algún Orlenko, algún Blackwood o todos simultáneamente. Y aquella tarde estaban prácticamente todos.
Por otro lado, la reorganización de Blackwood Holdings había resultado incluso mejor de lo que esperaban. Jordan y Byron habían encontrado una manera bastante particular de compartir la dirección: cada uno ejercía como gerente un día alterno, y en las noches los equipos ejecutivos hacían aquello para lo que cobraban: trabajar.
Jordan había descubierto que una empresa multimillonaria podía sobrevivir perfectamente sin que su propietario durmiera en la oficina. Y Byron había descubierto que prefería pasar su tiempo persiguiendo a Giulia.
La cena continuó entre conversaciones, bromas y planes hasta que Jordan notó que el tío Kolya lo observaba desde el otro extremo de la mesa. No era una mirada casual, sino de esas que uno se aguanta para no hablar en público.
—¿Está todo bien? —preguntó y Kolya hizo un gesto hacia el pasillo.
—Necesito hablar contigo —respondió y Jordan sintió inmediatamente un nudo en el estómago.
Se levantó y lo siguió hasta el despacho y Kolya cerró la puerta, solo para decir las dos palabras que Jordan había estado esperando escuchar por cuatro meses:
—La encontré.

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