CAPÍTULO 118. Si yo pude
Alexei miró por su propia mirilla y acabó haciendo un puchero igual al de su hija.
—¡Joder! —Ya hasta voy a tener que quererlo. ¿Un hombre puede ser más torpe? —rezongó mientras se secaba el sudor de la frente.
Jordan estaba sentado en el suelo de una habitación de la segunda planta. A su alrededor había tablas, tornillos, piezas de madera y varias cajas abiertas. Tenía un enorme instructivo extendido delante, que parecía el plano de una nave espacial aunque en realidad era algo mucho más sencillo y más cotidiano.
Katerina tardó unos segundos en comprender.
—Es una cuna.
—Intenta serlo —corrigió Alexei viendo cómo Jordan levantaba uno de los laterales.
Primero intentó sujetarlo y la pieza del extremo contrario cayó. Él cerró los ojos y Katerina pudo imaginar perfectamente la maldición que acababa de pronunciar.
Jordan volvió a empezar, encajó dos piezas, apretó varios tornillos y levantó la estructura… justo para que una barra se desprendiera.
Alexei comenzó a reír.
—¡Diablos! ¡Es terrible!
—Está siguiendo las instrucciones.
—¡Al revés! —exclamó viendo a Jordan girar el papel, y Katerina soltó una carcajada—. ¡Estaban al revés!
Katerina dejó de reír poco a poco y miró la habitación. Ahora que sabía qué estaba viendo, empezó a distinguir otros detalles: una mecedora todavía envuelta, cajas con cosas para bebé, una lámpara, una pequeña cómoda. Jordan llevaba toda la semana saliendo tarde de la empresa para ir allí. No estaba haciendo ninguna estupidez, estaba preparando aquello.
Los ojos de Katerina comenzaron a llenarse de lágrimas de nuevo.
Jordan había conseguido levantar la cuna, parecía satisfecho y entonces uno de los lados se inclinó peligrosamente.
—¡El bebé se caerá en mitad de la noche! —sollozó Kat y su padre la miró con azoro, porque podía reconocer un ataque hormonal en una embarazada a cien kilómetros.
—No es para tanto, hija…
—¡Mira esa cosa!
—Tranquila, no pasa nada, cuando todos se duerman, papá lo resolverá… —trató de consolarla.
Katerina bajó el rifle.
—¿Vendrás cuando todos estén dormidos y armarás bien la cuna? —preguntó entre hipidos.
—¡Por supuesto que no! Compraré una armada por profesionales y sustituiré esa cosa sin que él se entere —le aseguró con una sonrisa tierna y Katerina comenzó a reír entre lágrimas.
—Eso es horrible.
—Eso es proteger a mi nieto… y la salud mental de una familia entera.
Volvieron a mirar a Jordan, que seguía peleando con un tornillo y Alexei suspiró.
—¿Ya estás lista para perdonarlo?
La sonrisa de Katerina desapareció lentamente, sustituida por la duda.
—No lo sé.
Su padre guardó silencio unos segundos y luego se encogió de hombros.
—Bueno… si yo perdoné a tu madre por volar mi Koenigsegg CCXR Trevita, ¡un coche de cuatro millones de euros! Entonces tú puedes perdonar al tarado ese.
—Podrías quedarte más tiempo. —Katerina jugueteó con el borde de la manta y Jordan la observó durante unos segundos sin decir nada.
—No —dijo por fin con seguridad—. Quiero volver contigo, Kat. Pero no quiero recuperarte porque estés acostumbrándote a tenerme cerca o porque literalmente no puedas deshacerte de mí —sonrió—. Quiero recuperarte porque consiga conquistarte otra vez.
Kat sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco y Jordan metió la mano en el bolsillo. Sacó una pequeña caja y la dejó delante de ella.
—Así que voy a empezar correctamente.
Katerina miró la caja con sospecha, pero terminó abriéndola y dentro encontró una tarjeta. Jordan parecía extrañamente nervioso mientras ella leía, pero el mensaje era casi ridículo para todo lo que habían vivido.
“¿Quieres ir a una primera cita conmigo?”
Katerina permaneció mirándolo unos segundos. Pensó en el hombre que había visto aquella tarde sentado en el suelo, peleándose con una cuna que claramente estaba ganándole la batalla. Pensó en las noches que llegaba agotado, pero le hablaba a su hijo en lugar de hablar de trabajo. Pensó en aquel hombre que, por primera vez, no estaba exigiéndole absolutamente nada.
—Sí —aceptó y Jordan parpadeó, aturdido.
—¿Sí?
—Sí.
La sonrisa que apareció en el rostro de Jordan fue inmediata.
—¡Entonces mañana!... ¡Paso por ti a las seis!
Katerina levantó la tarjeta y se mordió el labio inferior.
—¿Tengo que saber algo?
—¡Sí, será de gala! —se apuró Jordan—. Eso es todo lo que tienes que saber. ¡Y ahora a dormir! ¡Que si no te duermes no me puedo colar en tu cama!

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