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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 97

Cuando Lucía se despertó de una larga siesta reparadora, encontró su celular inundado de llamadas perdidas.

Increíblemente, entre todas ellas, destacaba una de Alejandro.

Lo meditó apenas por un segundo antes de irse directo a bloquear el número.

No necesitaba atender la maldita llamada para saber qué había pasado: Alejandro había provocado que Don Guillermo terminara internado de urgencia en el hospital a punta de puros corajes.

Alejandro, sin importarle un bledo la rotunda negativa de su familia, había soltado su ultimátum: «Si no me permiten decidir sobre mi propio matrimonio, entonces renunciaré ahora mismo a la presidencia del Grupo Zavala y me abriré camino por mi cuenta».

Esa declaración bastó para que aquel viejo lobo que había dirigido el imperio de los Zavala por más de medio siglo, se levantara de un salto tirando la mesa, se llevara las manos al pecho y cayera desplomado. Ahora mismo, el abuelo estaba luchando por su vida en la unidad de cuidados intensivos.

Dentro de la colosal estructura del Grupo Zavala, el Ministro Zavala estaba metido de lleno en la política, y Camilo no era más que un simple universitario. El único verdaderamente capaz de dirigir semejante imperio a la perfección era Alejandro.

De hecho, no era que Alejandro dependiera de la empresa, sino que la empresa dependía visceralmente de él.

El patriarca era plenamente consciente de ello; por eso mismo había sido tan fácil arrinconarlo con esa amenaza, y por ende, la furia que sintió debió ser fulminante.

El escándalo no tardó en filtrarse, provocando un auténtico revuelo en todo Puerto Coral.

En la mansión García, el ambiente era de profunda preocupación. Y, si bien ellos no eran los causantes directos, la bomba había estallado precisamente por su culpa.

Muy temprano por la mañana, Horacio suspiró pesadamente frente a su plato, mirando a su hija que saboreaba tranquilamente su panecillo. —¿Irás al hospital en cuanto terminemos de desayunar?

Lucía negó con la cabeza, indiferente. —Tengo que trabajar hoy. Pablo me mandó un mensaje y debe ser algo sumamente urgente.

Pablo era el afamado ingeniero de salarios millonarios que su hija acababa de reclutar, y Horacio ya estaba al tanto de él.

Sin embargo, ante esa respuesta tan relajada, Horacio, Julio y la señora García dejaron los cubiertos sobre la mesa y la miraron como si tuviera dos cabezas.

Julio, atónito, soltó: —Lulú... ¿Me estás diciendo que no vas a ir a ver a Don Guillermo al hospital?

Su madre intervino, angustiada: —Mi amor, por simple decencia y sentido común tienes que ir a hacer acto de presencia. Después de todo, el señor está en ese estado por tratar de defenderte...

Lucía esbozó una media sonrisa fría y habló con espeluznante calma: —Lo mejor es no ir para no echarle más leña al fuego.

Era la misma maldita historia de su vida pasada. Don Guillermo acabó postrado en cama en el hospital y, al final, Alejandro había terminado por ceder.

Un hombre con el corazón de hielo como Alejandro, en el fondo, sentía cierta reverencia por su familia.

Capítulo 97 1

Capítulo 97 2

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