Don Guillermo había llegado a la mansión Zavala un poco antes que ella.
Los guardaespaldas guiaron a Lucía hasta la planta alta.
—Don Guillermo —dijo Lucía, quien había ido directamente sin cambiarse el vestido. Enfrentó la imponente mirada del anciano con absoluta calma.
Don Guillermo la observó. Se veía más hermosa que nunca, era una lástima que su nieto mayor fuera un ciego.
La había visto crecer y sabía que tenía un corazón noble. Su plan era celebrar la boda en cuanto ella terminara sus estudios, pero nunca imaginó que otra mujer se atravesaría en el camino.
Cuanto más se aplazan las cosas, más se complican. Y vaya que se habían complicado...
Don Guillermo estaba furioso:
—¿Por qué no me dijiste que ese idiota de Alejandro andaba con otra mujer...?
—Don Guillermo, la verdad es que ahora estoy saliendo con Camilo y nos llevamos muy bien.
—¡Mentiras! —Don Guillermo sabía perfectamente que Lucía no sentía absolutamente nada por Camilo.
La había visto criarse junto a ellos; el trato de Lucía hacia Camilo era el de una hermana mayor hacia su hermanito, no había ni una pizca de romance.
—Fue Alejandro quien te falló.
—Don Guillermo... lo del pasado fue por voluntad propia, él no tiene la culpa de nada. A fin de cuentas, nunca me prometió nada, y le aseguro que no volveré a molestarlo...
Lucía se tragó la amargura que amenazaba con cerrarle la garganta.
—Desde que él se enamoró de Jimena, yo perdí por completo el interés en él.
El ambiente en la habitación se volvió tenso, y la voz de Don Guillermo resonó con firmeza:
—Lulú, deja que tu abuelo ponga a ese muchacho en su lugar.
Esa promesa debería haberla reconfortado, pero en el pecho de Lucía solo quedaba un eco de frialdad y apatía.
En ese momento, el mayordomo de los Zavala entró a la habitación, y Don Guillermo le reclamó impaciente:
—¿Dónde está Alejandro? ¿Por qué tarda tanto?
—El joven Alejandro está por llegar. —El mayordomo ya se había enterado de lo ocurrido en la gala mediante una llamada.
Tras la partida de Lucía, Alejandro y Jimena se habían marchado de inmediato, e incluso el ministro Zavala y su esposa venían en camino a toda prisa.
—Don Guillermo... ya no amo a Alejandro Zavala. ¡No podría amar a un hombre que solo tiene ojos para otra mujer! Aunque lo obligue a terminar con Jimena, jamás volveré con él.
Lucía solo quería quitarle esa idea de la cabeza al anciano antes de que Alejandro cruzara la puerta.
—Abuelo, le ruego que me deje seguir adelante.
—...
Cuando Lucía salió de la habitación de Don Guillermo, un sedán negro de lujo entró al patio principal y se abrieron las puertas.
Alejandro entró a grandes zancadas y subió corriendo las escaleras. Aún llevaba su impecable traje oscuro, pues había venido directo de la gala. Al ver a Lucía, su mirada se endureció, afilada como una navaja.
Lucas subió detrás de él, con los ojos chispeando de rabia. Agarró a Lucía de la muñeca y le exigió:
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero