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Dos meses después, la familia García solicitó formalmente la fecha y hora de nacimiento de la novia para los preparativos tradicionales. Ambas familias, los García y los Quiroga, eran bastante conservadoras en ese aspecto.
Desde aquella primera visita de Cristina, las reuniones entre ambas familias se volvieron frecuentes. A veces, cuando Julio llevaba a Cristina a su casa después de una cita, los padres de ella lo invitaban a cenar con mucho entusiasmo.
Con el tiempo, ambas familias acordaron saltarse la fiesta de compromiso y pasar directamente a la boda.
Por supuesto, la celebración tenía que ser por todo lo alto.
Consultaron a un experto para encontrar la fecha perfecta, y resultó que en tres meses habría un día increíblemente afortunado, de esos que solo ocurren una vez cada siglo. Así que ambas familias comenzaron los preparativos a contrarreloj.
En su vida pasada, irónicamente, Lucía se había casado antes que su hermano.
Para cuando Julio contrajo matrimonio, Lucía ya llevaba tiempo casada.
Pero en esta vida, todo sería diferente.
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La noticia de la unión entre las familias García y Quiroga no tardó en esparcirse por cada rincón de Puerto Coral.
En la habitación de Jimena Jiménez, Margarita suspiraba frente a su hija:
—Jamás imaginé... que Julio García se casaría tan pronto.
—A decir verdad, cuando te pedí que te acercaras a Lucía y te hicieras su amiga, mi objetivo principal era Julio.
—Julio es disciplinado y millonario, era el yerno perfecto. Lástima que ahora la hija de los Quiroga se quedó con el premio gordo.
Jimena soltó una risita, pasó la página del libro que estaba leyendo y murmuró sin darle importancia:
—Por mucho dinero que tenga, ¿acaso se compara con Alejandro?
El rostro de Margarita se iluminó al instante, olvidando por completo su arrepentimiento:
—Alejandro Zavala está en un nivel inalcanzable. Ningún hombre de su edad puede hacerle sombra.
Diez Julios no le llegaban a los talones a un Alejandro.
—Mi hija sí que sabe apuntar alto. ¡Claro que sí, mi niña merece al hombre más codiciado de todo Puerto Coral!
Jimena sonrió al escucharla.
—Aunque dudo mucho que nos inviten a la boda —admitió Margarita, consciente de que su hija le había robado a los García a su futuro yerno, y que recientemente la familia Jiménez les había arrebatado negocios importantes. Aunque mantenían las apariencias en público, en privado ya se habían declarado la guerra.
Era imposible que los García les enviaran una invitación.



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