Si Doña Elena no tenía idea, mucho menos la empleada Rosa.
Pero Elena decidió no darle más vueltas al asunto. Asumió que Julio le había contado todos esos detalles a su hermana. Así que simplemente le ordenó al personal de cocina que anotara los ingredientes para hacer las compras a primera hora de la mañana.
Una vez en su habitación, Lucía sacó su teléfono y le envió un mensaje de voz a Leo:
—Oye Leo, ¿por qué no has regresado a la casa? Sé que hoy es tu día libre, pero te necesito.
Leo respondió por mensaje de texto: —Llego un poco más tarde, señorita.
Lucía le transfirió una generosa suma de dinero de inmediato.
Leo: —???
Lucía grabó otro mensaje de voz: —Mañana a mediodía mi cuñada viene a comer a la casa. Quiero que vayas temprano a la Repostería de Doña Teresa y compres unos panes de piña. Haz la fila desde temprano para que los traigas recién salidos del horno, son sus favoritos.
Leo, encantado al ver el dinero, respondió al instante: —¡A la orden, jefa!
Lucía siempre era muy espléndida con el dinero, y Leo amaba hacer ese tipo de encargos, ya que siempre se quedaba con el resto del efectivo como propina.
Al día siguiente, Lucía acompañó a Horacio a una importante reunión de negocios con el Presidente Cisneros. Faltaba poco para las diez de la mañana cuando Lucía empezó a presionar a su padre.
—Papá, no podemos hacer esperar a nuestra invitada, tenemos que regresar temprano a la casa.
Horacio miró la hora y, con una sonrisa de disculpa, se dirigió a su socio.
El Presidente Cisneros preguntó: —Don Horacio, ¿sucede algo urgente en casa?
Horacio respondió con cortesía: —No diría que es una emergencia, pero hoy la novia de mi hijo Julio va a visitar nuestra casa por primera vez, así que mi hija y yo tenemos que regresar temprano para recibirla.
—¡Vaya! Con que Julio ya tiene novia formal —los ojos de Cisneros brillaron con sorpresa—. ¡Con razón su hija está tan emocionada! Yo planeaba invitarlos a comer, pero tendrá que ser en otra ocasión. ¡La familia es primero!
Cisneros lo entendió a la perfección, y Horacio se despidió de él con un apretón de manos.
Al salir del lugar, Horacio y Lucía vieron llegar a Alejandro Zavala y a Jimena.
Ambos se estaban bajando de su coche.
Como padre e hija tenían prisa por llegar a casa, fingieron no verlos, se subieron a su propio automóvil y se marcharon.



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