El grupo se dirigió al restaurante.
Mientras esperaban la comida, Julio no soltó el teléfono, mensajeándose con Lucía.
Lucía le explicó la situación: [Solo lo salvé de un desastre. Él venía a buscar a Jimena, pero no tenía ni idea de que ella andaba con Alejandro.]
[Tú sabes cómo se las gasta Alejandro cuando se enoja. Simplemente le hice un favor.]
Julio: [¿Me lo juras?]
Lucía: [Por lo que más quieras.]
Si su hermana lo decía con tanta seguridad, Julio no le dio más vueltas al asunto. Guardó el teléfono y comenzó a hablar de negocios y de los nuevos proyectos con Alejandro.
De vez en cuando, Jimena intervenía en la conversación.
Sus opiniones eran agudas y bien fundamentadas. Sin darse cuenta, Julio empezó a dejar de lado la antipatía que sentía por ella.
A Daniela le tocó sentarse justo entre Julio y Lucas. La conversación le quedaba enorme y no podía opinar absolutamente nada, pero disfrutaba del sutil aroma a loción cara y limpia que le llegaba de sus vecinos de asiento. No sabía si venía del de su derecha o del de su izquierda.
Por dentro, estaba radiante de felicidad.
En su vida se había imaginado compartiendo la mesa con los herederos más importantes de Puerto Coral.
Incluso llegó a fantasear con que los dos hombres a su lado terminarían peleándose a golpes por su amor.
Y que, al final, ella no escogería a ninguno.
A Daniela no le interesaban los romances tormentosos ni las historias de amor trágico.
Su única meta en la vida era triunfar en los negocios y posicionar a la familia a nivel internacional.
...
Llegó el jueves, y Lucía aprovechó la mañana para reunirse en su oficina con Pablo y detallarle sus nuevas ideas de operación.
Eran protocolos que, en su vida pasada, Alejandro había implementado más adelante con éxito brutal, pero que en este ciclo aún no habían salido a la luz.
A Pablo le tomó un momento asimilar la magnitud de lo que le pedía.
—Entendido —Pablo siempre captaba las cosas al vuelo, aunque esta vez tuvo que exprimir sus conocimientos al máximo para comprender la estructura del código que Lucía estaba exigiendo.
En ese preciso instante, la secretaria de Julio interrumpió para avisarle a Lucía que el presidente Zavala y el señor Paredes acababan de llegar.
Lucía sintió un sobresalto. Lo último que quería era que Alejandro y Pablo se cruzaran, así que se apresuró a despacharlo: —Pablo, ve a trabajar en eso, por favor.


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