Víctor Jiménez estaba perfectamente enterado de que Alejandro había optado por colaborar con la familia García.
Lo único que lamentaba era que la empresa Jiménez aún no tuviera la infraestructura necesaria. De lo contrario, dada la relación de su hija con el presidente Zavala, el Grupo Zavala habría firmado con ellos sin dudarlo.
Ese día, durante una reunión tripartita entre las familias Zavala, García y Paredes, el secretario Mateo recibió una llamada. Se acercó a Alejandro y le susurró al oído: —Señor Zavala, el señor Jiménez me confirma que el proyecto en la zona norte tiene luz verde...
Alejandro escuchó la actualización y asintió levemente.
Mateo comprendió la instrucción y se dispuso a gestionar los detalles de inmediato.
Julio, que tenía un oído finísimo, captó la conversación. Se dio cuenta de que durante los últimos seis meses, Alejandro había estado moviendo hilos en las sombras para expandir el imperio de los Jiménez. Apretó su taza de café con fuerza, tensando los nudillos.
Lucía no escuchó el mensaje completo, pero sí alcanzó a distinguir las palabras "señor Jiménez".
Asumió que se trataba de Víctor Jiménez, el padre de Jimena.
Nada de esto la tomaba por sorpresa, así que no se inmutó en lo más mínimo.
¿Qué importaba si Víctor Jiménez intentaba arrebatarles una cuota del mercado?
Ella se encargaría de buscar nuevos horizontes para que la familia García brillara con luz propia.
Lucas Paredes también estaba presente, actuando como enlace para la logística del proyecto respaldado por el gobierno. En ese momento, le dirigió a Lucía una mirada cargada de lástima, como si esperara verla derrumbarse o reaccionar de manera dramática.
Lucía se limitó a pasar la página de su reporte, dándole a Lucas un perfil imperturbable.
No miró a Alejandro, ni miró a Lucas. Su reacción fue de una frialdad absoluta.
Lucas se quedó desconcertado, optó por cerrar la boca y regresar la atención a sus propios documentos.
...
Al terminar la junta, Lucía fue la primera en retirarse.
Julio y los demás iban a ir a comer con Alejandro, y ella no tenía la menor intención de acompañarlos.
Mientras esperaba el elevador, vio acercarse por el pasillo a Jimena junto con su prima, Daniela.
Daniela había ido a visitar a su prima al edificio del Grupo Zavala, y al ver a Lucía hizo una mueca de desprecio: —¡Qué fastidio! Parece chicle pegado en el zapato.
Lucía ni se dignó a voltear a verla. Las puertas del elevador se abrieron y ella entró de inmediato.
Presionó el botón hacia la planta baja.
Había llegado en el auto de Julio, así que le tocaría pedir un taxi para regresar.
Al acercarse a la salida principal del edificio, divisó a un joven extravagante que sostenía un ostentoso ramo de rosas amarillas.
Lucía detuvo su andar de golpe.
Ella lo conocía.

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