Alejandro, en un gesto poco habitual en él, respondió con modestia: —Se lo agradezco.
El simple hecho de que agradeciera un cumplido en nombre de su novia dejó al señor López sintiéndose profundamente halagado.
Justo entonces, las puertas del elevador se abrieron, y el socio cedió el paso para que Alejandro saliera primero.
El grupo descendió hasta la entrada principal del edificio. Lucía observó cómo el ostentoso auto deportivo de Jimena se detenía lentamente frente a ellos. Jimena bajó la ventanilla y saludó con una sonrisa: —Alejandro... Señor García...
Acto seguido, ignoró por completo la existencia de Lucía.
Julio asintió con la cabeza en respuesta.
Alejandro abrió la puerta, subió al asiento del copiloto, y el auto se alejó a toda velocidad.
Mateo, que se había quedado atrás, se despidió: —Prepararé los borradores del contrato y nos vemos en unos días.
—Perfecto —respondió Julio.
Julio miró de reojo a su hermana, que caminaba un paso atrás y que había sido completamente invisibilizada. —Lulú, ¿qué se te antoja ir a comer?
Lucía, que estaba sumida en sus propios pensamientos, simplemente negó con la cabeza por inercia.
Los días pasaron volando.
Mateo regresó al Consorcio García con los documentos del contrato.
Esta vez, Alejandro no lo acompañaba.
Como secretario principal, Mateo solía encargarse de este tipo de trámites en representación de su jefe.
Hacía no mucho tiempo, de hecho, Mateo había estado contactando proveedores para favorecer a Víctor Jiménez.
En la oficina, Lucía le dirigió a Mateo una mirada glacial, ojeó el contrato y se lo devolvió deslizándolo por el escritorio: —Rechazado.
Mateo se quedó atónito. No estaba acostumbrado a recibir ese tipo de tratos.
Al ver que apenas le había dedicado tres segundos al documento antes de descartarlo, asumió que la chica estaba en medio de uno de sus clásicos berrinches de niña rica. Soltó una pequeña carcajada irónica y dijo: —Señorita García, ¿no cree que debería leerlo con más calma?



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