Lucía García regresó a su casa y se duchó.
En su vida pasada, cuando Lucía llevaba cinco meses de embarazo intentando salvar a su bebé, Alejandro Zavala la obligó a seguir adelante con la gestación solo para descubrir quién era el padre. Pero al final, Jimena Jiménez la empujó por las escaleras y ella perdió al bebé.
Tomando nuevamente un teléfono de repuesto, Lucía le envió en secreto a Jimena un video privado de Alejandro sumido por completo en la pasión, y le añadió un mensaje con un tono venenoso e inocente:
«Ese desgraciado de tu novio se volvió a acostar conmigo. ¿No tienes ganas de matarlo? ¡Termina con él! Un poco hombre así no vale la pena; te lo digo por tu propio bien.»
Esta vez, el video incluso tenía el sonido de los gemidos del hombre.
Por más que Jimena quisiera hacerse la desentendida, le sería imposible no reconocerlo.
Una vez que Lucía envió el mensaje, soltó un bostezo, apagó la luz y se durmió.
Al otro lado, Jimena recibió el mensaje.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; no se atrevía a abrirlo.
Luchó consigo misma durante unos veinte minutos hasta que, incapaz de contenerse, hizo clic en el video. Al ver con claridad lo que mostraba la pantalla, Jimena quedó petrificada.
La sangre se le heló en las venas.
Era una escena cargada de pura lujuria.
Ese rostro apuesto había perdido toda su habitual frialdad y estaba impregnado de un deseo desbordante. Su mandíbula estaba tensa y su respiración se escuchaba grave, agitada por los gemidos.
Era tan erótico como devastador.
Jamás imaginó que Alejandro tuviera esa faceta.
El rostro de Jimena se tornó de un pálido sepulcral, su sangre hirvió, y las llamas de los celos y la ira explotaron en su pecho al instante.
Llamó de vuelta, pero el teléfono estaba apagado.
Completamente apagado.
Maldita cobarde.
Jimena ya no pudo controlar sus emociones, soltó un grito desgarrador, levantó la mano y estrelló el teléfono con todas sus fuerzas contra la pared. La pantalla se hizo añicos al instante y ella cayó de rodillas al suelo.
El estruendo alarmó a los mayores de la casa. A excepción de Doña Beatriz, que ya estaba dormida, el resto de la familia entró corriendo apresuradamente.

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