El rostro de Lucía García irradiaba dulzura, pero un destello de melancolía imperceptible cruzó fugazmente por sus ojos.
—Déjamela a mí... —dijo Cristina Quiroga, tomando a la bebé con una sonrisa, y acomodándola suavemente en sus brazos mientras bajaba la mirada—. Es hora de darle de comer.
Lucía se quedó un rato más con Cristina y luego regresó a su propia habitación.
No pasó mucho tiempo allí; su mente era un caos que no lograba calmarse. Tomó su teléfono y salió hacia la Finca de La Luz.
Condujo hasta la exclusiva zona residencial, pasó el primer control de seguridad y condujo un tramo más antes de llegar a la finca.
La Finca de La Luz, con sus altos muros y su imponente arquitectura, desprendía una gélida y noble aura que mantenía alejados a los desconocidos.
El auto se detuvo frente a las puertas de hierro forjado. Lucía bajó del vehículo y tocó el timbre, pero nadie abrió.
Todo alrededor estaba en completo silencio, solo se escuchaba el murmullo de la brisa nocturna agitando las hojas.
Lucía se cruzó de brazos, parada frente a la puerta, esperando en silencio la llegada del hombre.
No supo cuánto tiempo pasó.
Un sedán negro se detuvo lentamente frente a la puerta. Al abrirse, un hombre sacó sus largas piernas y bajó del vehículo, con una mirada tan inescrutable que era imposible adivinar lo que sentía.
Los ojos de Lucía se iluminaron. Sin siquiera esperar a que él se acercara, corrió hacia él y se le lanzó encima de un salto. Rodeó su cuello con fuerza, envolvió su cintura con las piernas y se aferró a él con firmeza.
Esa actitud tan alegre debía parecer muy convincente.
Alejandro Zavala la besó con ferocidad.
Y luego, cargándola, la metió a la mansión.
...
Más de una hora después.
El hombre mantenía los ojos cerrados, en plena embestida.
Lucía deslizó la mano por debajo de la almohada, sacó su teléfono y abrió la cámara con una sola mano...
Justo después de grabar y bajar el teléfono, el hombre se detuvo de golpe y abrió los ojos.

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