Cualquier chica de buena familia, por muy malcriada que fuera, sabía mantener un mínimo de decoro y límite. ¿Quién en su sano juicio se sentiría tan en paz aprovechándose de esta manera y derrochando de forma tan descarada?
En el pasado, cuando el señor Zavala le hacía regalos a Jimena, ella los aceptaba con elegancia, pero definitivamente jamás habría actuado como una cazafortunas pidiendo cosas por iniciativa propia.
Mateo Vicario estaba lleno de perplejidad. Simplemente no podía entender cómo Lucía García podía tener un apetito tan voraz; cosa que veía, cosa que exigía sin siquiera pestañear.
Y al parecer, el jefe la dejaba hacer lo que quisiera.
En esa única subasta de artículos con precios exorbitantes, Alejandro Zavala desembolsó con total facilidad cientos de millones de pesos.
Más tarde, Mateo le comentó el asunto a Noel. —La señorita Lucía se atrevió a demasiado, la verdad es que no tuvo el menor tacto con el jefe. Su ambición es aterradora, no conoce ningún tipo de moderación. Por un momento llegué a pensar que estaba poseída.
Noel no dijo nada.
Mateo le preguntó a Noel: —Tú que pasas tanto tiempo siguiéndola, ¿siempre ha sido así de inestable y desconsiderada?
Noel apretó los labios, sin saber muy bien cómo explicarlo, y se limitó a negar con la cabeza.
¿Acaso la señorita Lucía estaba tan urgida por comprar porque le faltaba dinero?
Pero al pensarlo bien, la lógica no encajaba.
Siendo Lucía la heredera de una familia adinerada, Noel la había observado durante mucho tiempo y siempre fue una joven con muy pocos deseos materiales, de esas que ni siquiera disfrutaban ir a los centros comerciales. No le interesaba el lujo ni el despilfarro.
El hecho de que de repente se lanzara a pujar sin reservas y arrasara con todo resultaba terriblemente inusual, y no daba ninguna señal de que lo hiciera por el simple placer de disfrutar o por falta de dinero para sus gastos cotidianos.


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