Julio y Cristina no dejaron de atender a los invitados en la sala, saludando a todos con esmero.
Gustavo Beltrán era, en esencia, el salvador de Cristina. Lo lógico habría sido que ella misma le diera las gracias, pero prefirió que Julio diera la cara y agradeciera en su nombre.
Con su carácter indiferente, a Gustavo aquello no le importó en lo más mínimo.
Cuando Lucía García regresó de despedir a Isabel Luna y a los demás, Gustavo se acercó a ella y le habló con un tono bastante directo: —¿Acaso volviste a enredarte con Alejandro Zavala? Él todavía no ha roto definitivamente con Jimena, ¿crees que tu madre estará de acuerdo con lo que estás haciendo?
Lucía negó con la cabeza: —No es lo que piensas... Voy a terminar con él para siempre. En cuanto logre echar a Jimena de Puerto Coral, ya sé cómo encargarme de Alejandro.
Gustavo frunció el ceño: —¿Qué plan se te pudo haber ocurrido?
—No te lo puedo decir —Lucía lo miró a los ojos, adoptando una postura defensiva—. Tú y Alejandro son buenos amigos, ¿qué pasa si vas corriendo a chismearle?
Gustavo negó con la cabeza, resignado. Él estaba completamente convencido de que Lucía no encontraría forma alguna de vencer a Alejandro.
Y si creía haberla encontrado, seguro era una ilusión suya.
Lucía preguntó de pronto: —Si te pidiera prestados 200 millones de pesos, ¿me los prestarías?
Gustavo: —¿Qué vas a comprar que cuesta tanto dinero?
Lucía evadió: —Gracias por venir hoy. No me quedaré más tiempo a charlar contigo, otro día te lo agradeceré como es debido.
Gustavo: ...
Al día siguiente, por la tarde.
Lucía se escabulló en secreto. El auto de Alejandro ya estaba esperándola en el estacionamiento subterráneo.
Hoy, apenas ella subió, Mateo Vicario levantó en silencio el panel separador del vehículo.
Alejandro estaba en la parte trasera mirando una tableta electrónica, sin intención de hacer nada, pero al ver cómo el panel ascendía lentamente, esbozó una media sonrisa y rodeó con un brazo la esbelta cintura de Lucía. —Al parecer, no deberíamos defraudar las expectativas de nuestro chofer.
Lucía frunció el ceño: —¿Podrías despedir a Mateo, por favor?

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