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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 178

Al enterarse de que Jimena planeaba asistir a la conferencia de su novio en la universidad, Doña Clara le dijo:

—Ve, los jóvenes tienen que salir y dejarse ver. Y cuando estés ahí, tómale algunas fotos para mí. Quiero ver con mis propios ojos cómo luce el hombre que se ha ganado el corazón de nuestra Jimena cuando está en su elemento, dominando desde el estrado. Y no lo olvides, te dio una fortuna de capital para tus proyectos, así que asegúrate de agradecerle como es debido.

—Sí, abuela.

Cuando Jimena colgó el teléfono, Margarita de Jiménez se acercó con curiosidad.

—¿Qué te dijo tu abuela?

—Me pidió que le agradeciera a Alejandro. Cree que es un hombre en el que puedo confiar plenamente.

Margarita, que conocía bien las bondades de tener a Alejandro Zavala en la familia, sonrió complacida:

—¡Tu abuela siempre se preocupa por ti!

Jimena asintió con una leve sonrisa.

Pero Margarita no estaba del todo tranquila:

—Tu abuela dijo que le agradecieras como es debido... ¿Cómo piensas hacerlo?

Jimena dudó por un momento. No sabía qué regalarle, pues Alejandro ya tenía absolutamente todo lo que el dinero podía comprar.

—Lo pensaré en el camino... —dijo, disponiéndose a salir.

Margarita la tomó del brazo rápidamente. Era evidente que su inocente hija no había captado la indirecta.

—Ay, mi niña... agradecer no significa solo decir «gracias».

Le guiñó un ojo con complicidad.

—Después de una cena romántica, ¿no les caería bien hacer un poco de ejercicio? Un rato de intimidad y cariños, y dejar que las cosas fluyan de manera natural...

El rostro de Jimena se encendió de inmediato al comprender la insinuación de su madre. Bajó la voz, avergonzada pero firme:

—Mamá, las mujeres que se entregan tan fácil no son valoradas. Aunque sé que Alejandro no es ese tipo de hombre... yo tengo mis propios planes.

—Además, estoy segura de que mi abuela no se refería a eso... ¡Bueno, ya me voy!

Para Jimena, la dignidad y el recato que llevaba grabados a fuego eran su mayor orgullo. Eran un símbolo de su excelente educación y su amor propio.

Esa sensatez era lo que la mantenía a flote. Nunca permitiría que el amor la hiciera rebajarse ni perder su postura.

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