Antes de la llegada de Lucía, Jimena había estado sentada discretamente al lado de Alejandro Zavala, escuchando la conversación de sus amigos e interviniendo solo cuando se dirigían a ella. Proyectaba la imagen de una mujer serena y de impecable educación.
¿De verdad Lucía García había sido capaz de orquestar algo así?
Lucía la miró con frialdad y respondió con voz firme:
—¿Quieren que pidamos las grabaciones de seguridad del salón de belleza? No abrí la boca ni una sola vez. ¡Tú tomaste esa decisión basándote únicamente en tu propia paranoia! Ay, no me digas que ahora que perdieron dinero están buscando a un chivo expiatorio para no asumir la culpa.
Tras decir esto, se llevó las manos al rostro fingiendo un miedo exagerado.
Sin argumentos para defenderse, Jimena no tuvo más remedio que tragar saliva y soportar la humillación en silencio.
«Sigue actuando, Lucía», pensó Jimena con amargura. «Ya llegará el día en que llores lágrimas de sangre».
En la mesa también estaba el señor Vargas, un amigo cercano de los hermanos Paredes. Intentando aligerar el ambiente, intervino con una sonrisa:
—No se preocupen, basta con que haya alguien de la pareja que sepa hacer dinero. Con un gigante como el señor Zavala a su lado, la señorita Jiménez no tiene de qué preocuparse. Puede arriesgarse e invertir con toda confianza.
Jimena esbozó una sonrisa de inmediato, sintiéndose halagada.
Daniela, cuyo humor mejoró al escuchar el cumplido, no dudó en consolar a su prima en voz alta:
—Así es. Además, una vez que Bellissima salga a la bolsa, puedes volver a comprar las acciones sin problema.
Lucía, sin embargo, soltó una pequeña risa y la corrigió:
—Las acciones de fundadores y las acciones públicas en la bolsa son dos mundos completamente distintos.
Daniela se quedó rígida por un instante, con el rostro ardiendo de indignación, pero se apresuró a replicar con terquedad:
—¡Por supuesto que sé que son cosas distintas! Lo que quiero decir es que, si mi prima realmente lo desea, el señor Zavala podría comprar Bellissima por completo sin pestañear. ¿Verdad que sí, Alejandro?
Alejandro, que había permanecido en absoluto silencio, simplemente le dirigió una mirada gélida a Lucía.
El señor Vargas se apresuró a intervenir de nuevo:
—¡Claro que sí, claro que sí! En este mundo de los negocios, ¿quién no ha perdido un par de millones alguna vez? Es el pan de cada día. Con el respaldo del señor Zavala, la señorita Jiménez no tiene por qué mortificarse. Para él, comprar diez empresas como Bellissima es pan comido...
Aunque Alejandro no confirmó ni negó nada, Daniela levantó la barbilla, satisfecha.



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