Alejandro Zavala llegó al Consorcio García, pero se encontró con las manos vacías.
Ella no estaba.
Mientras tanto, en un exclusivo salón de belleza, la luz era suave y la música relajante. Lucía García estaba recostada en un cómodo sofá, comiendo fruta fresca junto a Isabel Luna mientras observaba cómo la manicurista le arreglaba las uñas con sumo cuidado. Era una rara ocasión en la que podía bajar la guardia y relajarse en completo silencio.
De repente, su teléfono vibró. Era una llamada de Alicia Cisneros.
Al contestar, escuchó la voz profesional de la asistente:
—Señorita García, el señor Zavala vino hace un momento a buscarla.
Lucía se tensó por un segundo antes de volver a recostarse. Soltó un suave murmullo y respondió con frialdad:
—Entendido. A partir de ahora, cada vez que venga, dile que no estoy. Y asegúrate de que no se acerque al departamento de investigación para hablar con Pablo ni con el resto del equipo.
—Por supuesto, señorita García. Seguí sus instrucciones previas y no le permití tener ningún contacto con Pablo.
—Bien hecho —murmuró Lucía antes de colgar.
Al ver su expresión, Isabel Luna no pudo contener la curiosidad:
—¿Qué pasó?
Lucía se quedó mirando sus uñas recién arregladas, brillantes y perfectas. Una emoción casi imperceptible cruzó por sus ojos.
Ella lo sabía mejor que nadie.
Incluso sin Pablo y los demás genios de investigación, incluso si les robaban temporalmente algunos proyectos, Zavala Tech seguiría siendo una montaña imposible de derribar.
Lo que realmente sostenía a ese gigantesco imperio comercial nunca fue una patente específica ni un equipo en particular.
Era el propio Alejandro Zavala.
La pieza más irremplazable, el núcleo absoluto del Grupo Zavala, siempre había sido y sería él.
Y eso era algo que nadie podía robarle.
De ahora en adelante, lo único que podía hacer era evitar a Alejandro a toda costa.

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