—Sí, lo tengo.
—¿Pero para qué lo buscas?
Lucía respondió: —Tengo un asunto que tratar con él, pásamelo rápido.
Colgó. Isabel se quejó de que estaba actuando muy misteriosa, pero de inmediato le envió el número de Lucas.
La ira de Lucía, fría y dolorosa, le quemaba la garganta. Tragando su asco, marcó el número de Lucas. —¿Dónde estás?
—¿Qué pasa? —Lucas reconoció la voz de Lucía—. Hace mucho que no me llamabas.
Lucía tomó una respiración profunda. —Salgamos a vernos. Tengo algo que preguntarte.
—De acuerdo —accedió Lucas—. ¿A dónde vamos?
—Tú decides. —Lucía seguía conduciendo y tenía la cabeza hecha un lío. Sentía un miedo irracional y no lograba descifrar de dónde provenía esa repentina inquietud.
Veinte minutos después, Lucía llegó al restaurante de Jimena Jiménez.
Abrió de un empujón la puerta del reservado que Lucas había elegido.
El hombre estaba recostado en el sofá, picando unos frutos secos con total tranquilidad.
Ese era el restaurante de Jimena, pero a Lucía ya no le importaba nada. —¿Tú fuiste quien llevó a la quiebra a la empresa de los Soler?
Lucas dejó el plato a un lado. —¿De quién estás hablando?
—La quiebra de la empresa de los Soler. El joven Santiago ahora está lavando autos. ¿Tú fuiste quien lo acorraló hasta que tuvo que buscar trabajo en un autolavado?
Lucas casi había olvidado a un don nadie como él, pero al escucharlo de boca de Lucía, recordó a quién se refería. —¿Lo viste?
—¿Fue a llorarte y acusarme?
—¿Acaso te da lástima?
El corazón de Lucía se hundió por completo. —Lucas, la empresa de su familia no tenía ninguna relación comercial con la tuya, ¿verdad? ¿Había necesidad de llevarlo a la ruina de esa manera?
Lucas se limpió la comisura de los labios con calma. Su expresión era tan relajada como si hablara de una trivialidad: —Sí.
—Y no es asunto mío.
—Simplemente me cayó mal, ¿y qué?
—Ser amable con la competencia es ser cruel con uno mismo. He llevado a la quiebra a un sinfín de empresas, ¿acaso la señorita García va a defenderlos a todos?

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