Llevaba el saco del traje colgado del brazo y se estaba sacudiendo tierra de los hombros, como si acabara de revolcarse en el jardín.
—¿Cómo entraste?
El corazón de Lucía dio un vuelco por el susto y, por puro instinto, intentó cerrar la puerta de golpe. Pero Lucas fue más rápido; apoyó una mano en el marco y con la otra empujó la madera, metiéndose a la fuerza en la habitación.
—Vine a verte —dijo, con un tono que dejaba ver cierta desesperación—. Como nunca me contestas las llamadas, tuve que venir.
—¡Y quién te dio permiso de entrar a mi casa!
Lucas dio un paso al frente. Su figura alta y corpulenta se alzó sobre ella, acorralando su frágil cuerpo.
—¿No hay nadie en casa?
Lucía palideció y retrocedió hasta quedar pegada a la pared junto a la puerta.
—Sí hay, y van a regresar en cualquier momento.
Lucas no intentó acercarse más. Caminó como si nada hacia el cómodo sillón donde ella había estado leyendo y le echó una mirada rápida a sus pies descalzos.
—¿Tu pie... ya está mejor?
Lucía apartó la mirada.
—No te hagas el preocupado.
—Mira, sé que me pasé de la raya antes, pero te juro que no lo vuelvo a hacer. Es que tú también te la pasabas de rogona detrás de Alejandro, por eso yo...
—Lárgate —lo interrumpió Lucía, aferrándose al marco de la puerta, negándose a escuchar una palabra más.
Lucas se puso de pie y la observó en silencio, con una mezcla de tristeza y frustración.
—¿Por qué cambiaste tanto?
Al mirar esos ojos que antes brillaban cada vez que lo veían a él o a Alejandro, ahora solo encontró un vacío glacial. Lo miraba como si fuera un completo extraño, o peor, una basura.
Lucas por fin entendió que ella no estaba haciendo un berrinche ni intentando llamar la atención de Alejandro haciéndose la difícil. El desprecio que emanaba de ella era real, le calaba hasta los huesos. De verdad los odiaba a los dos con toda su alma.
Lucas tragó saliva con dificultad.
—Lucía... la verdad es que yo...
Antes de que pudiera terminar la frase, el rostro de Lucía se quedó lívido, mostrando un asco absoluto, un rechazo que le nacía de las entrañas.
—¡Lulú!
Una voz potente y grave retumbó desde la planta baja, rompiendo el pesado silencio que asfixiaba la habitación. Era Horacio, que acababa de regresar de su comida.
—¿Dónde están todos? ¿No hay nadie en esta casa?
Lucía dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—¡Papá, estoy arriba!
Al escuchar la voz del patriarca, Lucas guardó sus emociones. Respiró hondo y dijo en voz baja:
—No me importa lo que pienses de mí, hoy vine a pedirte perdón.
Dicho esto, salió de la habitación y bajó las escaleras con la mayor naturalidad del mundo.
Cuando Horacio vio bajar a Lucas de la planta alta, se quedó paralizado.


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