El banquete de la noche se celebró en la mansión de la familia García.
Fue una reunión mucho más íntima, pensada para los amigos de toda la vida y los ancianos más respetados que preferían evitar el bullicio de los grandes salones.
Don Guillermo Zavala asistió personalmente, acompañado de su nieto Camilo.
Alejandro no hizo acto de presencia durante la velada. Solo al final de la noche envió a su chofer para que recogiera a su abuelo y a su hermano menor.
Los invitados se marcharon ya muy tarde.
El personal de servicio comenzó a limpiar la inmensa casa. Horacio García, que se había pasado un poco de copas, fue el primero en irse a dormir.
Elena de García, la señora de la casa, ordenó que hicieran una limpieza rápida y que se fueran a descansar; al día siguiente se encargarían de recoger todo a fondo.
Los recién casados se fueron a su nuevo hogar. Lucía, agotada por la intensidad del día, subió a su habitación, se desmaquilló y tomó un baño caliente. Justo cuando estaba a punto de caer rendida en la cama...
Su teléfono sonó. Era su tío, Zacarías Vargas, invitándola a jugar a las cartas.
Algunos amigos de Zacarías que habían venido de fuera para la boda estaban hospedados en el Gran Hotel Zavala.
Lucía miró la pantalla del celular. Su primer instinto fue rechazar la invitación, pero recordó que su tío nunca le había dado la espalda. En su vida pasada, cuando la familia García quebró, Zacarías intentó llevársela lejos para protegerla. Fue su propia terquedad de quedarse lo que la llevó a perder su última esperanza de sobrevivir.
Con ese pensamiento, caminó hacia su vestidor. Se puso una sudadera holgada y cómoda, un pantalón suelto, se colocó un cubrebocas y, con el cabello aún a medio secar, salió de casa.
El Mayordomo Pinos ya estaba descansando, así que para no despertar a sus padres con el ruido del motor, Lucía prefirió pedir un taxi que la llevó directo al hotel.
Al entrar al ascensor, escuchó a una recamarera platicando con una camarera.
—¿Quién sabe quién fue el que reportó de forma anónima a Maribel Quintana? Lo único seguro es que el mismísimo señor Zavala tuvo que intervenir para protegerla.
—El gerente de por sí no soporta a Maribel. Como le tiene envidia por lo bonita que es, siempre le hace la vida imposible. Cuando le llegó la queja del cliente, le brillaron los ojos. Quería despedirla ese mismo día, ¡pero jamás se imaginó que su guardaespaldas iba a ser nada menos que el presidente de la compañía!
La camarera se tapó la boca para ahogar una risilla.
—¡Qué locura! ¡A ver si el gerente se atreve a seguir tratando mal a la gente!
Lucía mantuvo una mirada impasible y, al llegar a su piso, salió del ascensor sin hacer ruido.
Al entrar a la suite privada donde su tío jugaba a las cartas, el humo de los puros se mezclaba con el aroma del té.
Al verla, Zacarías levantó una mano.
—¡Ahí estás! Siéntate por aquí.
Uno de los hombres, de la edad de su padre, le sonrió amablemente.
—Señorita Lucía, cada día está más hermosa. Tiene un porte espectacular.
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