«Ya lo acabas de ver», pensó Lucía para sí misma. Al bajar la vista y ver el libro que sostenía contra su pecho, sintió como si le quemara y se lo devolvió a Pablo de inmediato.
—Mejor quédatelo tú, acabo de recordar que ya tengo una copia en casa.
—Ah, de acuerdo... —respondió Pablo, tomando el libro sin darle mayor importancia.
Lucía, con una tormenta de emociones en su interior, le dio las gracias y se marchó.
...
Al día siguiente, a las ocho de la mañana.
Poco después de llegar a su oficina, Lucía recibió una llamada de Alan. Su empleado estadounidense ya la veía casi como una deidad de las finanzas, convencido de que era una genio de los negocios con un don profético, ya que todo lo que decía se cumplía a la perfección.
Lucía lo escuchó deshacerse en halagos y solo sonrió.
¿Cómo iba a saber él que ella estaba viviendo su segunda oportunidad, que siempre tuvo el hábito de leer las noticias y que simplemente había memorizado las fechas clave gracias a su excelente memoria?
La firma de inversiones que había fundado dependía casi exclusivamente de esa ventaja para sobrevivir.
Tras charlar un rato, Lucía colgó.
Una hora más tarde, seguía inmersa en su trabajo.
El secretario de Julio tocó a la puerta emocionado y entró:
—Señorita Lucía, el señor Zavala está aquí, pero su hermano salió.
Lucía sabía que Julio y Cristina habían ido a ver muebles esa tarde; su boda estaba a la vuelta de la esquina y estaban muy ocupados arreglando su nuevo hogar.
—¿Tenía una cita programada con mi hermano hoy? —preguntó Lucía frunciendo el ceño.
Desde la pelea que habían tenido, sabía perfectamente que no habían mantenido ningún tipo de contacto.
—La cita estaba programada para mañana, pero por alguna razón el señor Zavala se adelantó. Señorita Lucía, ¿le gustaría recibirlo usted?
Lucía no tenía la menor intención de verlo.
—Atiéndelo tú.
—Pero... —el secretario dudó.
Se dio la vuelta, resignado a cumplir la orden, cuando Lucía se puso de pie:
—Olvídalo, iré yo.
En el fondo, quería descubrir qué lo había traído hasta ahí.
...
Lucía caminó junto al secretario.
Durante el trayecto desde su oficina hasta el despacho de presidencia, se armó de valor. Al empujar la puerta, su rostro ya mostraba una impecable sonrisa profesional.
—Señor Zavala.

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