Aurora lo había previsto todo: —Tranquila, la familia Cordero ya tiene preparado el acuerdo prenupcial.
—Ese tipo no va a sacar ni un centavo, y para colmo, Noemí va a aprovecharlo gratis —soltó Patricia con una risita pícara.
—Con el peso de Noemí, yo creo que a César se le va a romper la cintura —añadió Patricia, con tono burlón.
Aurora no pudo evitar soltar una carcajada: —Pues si se le rompe, ni modo.
—Eso le pasa por meterse donde no debe.
—Pero, de todas formas, nunca está de más estar alerta. Sigue vigilándolo por mí.
—Ahora tengo que idear la manera de obligarlo a vender las acciones que tiene en la mano. Por ahora, sigue teniendo acciones y conoce nuestros secretos familiares. No puedo enfrentarlo de golpe.
Tenía que encontrar la forma de engañarlo para que soltara esas acciones.
En cuanto a los secretos de la familia Rosales…
Aurora pensaba contactar a la familia Espinosa. Si el hijo mayor de los Espinosa se enteraba de la existencia de ese hijo ilegítimo, César, seguro que a este se le acababa la suerte.
Patricia lo entendía a la perfección; después de todo, había sido la mejor periodista de espectáculos en su época.
Nadie era mejor para descubrir chismes y secretos.
Patricia terminó de informar y se alistaba para irse, pero al mirar a Aurora, notó que tenía la comisura del labio partida y de inmediato se acercó preocupada.
—Auri, ¿qué te pasó en la boca?
—¿Por qué tienes la piel rota ahí?
Aurora, sin pena, respondió: —Fue mi esposo, me mordió.
Patricia se quedó boquiabierta y luego soltó una risa: —¡Vaya! No lo hubiera imaginado, ¿el señor Morales tan serio y resulta que besa con tanta pasión?
Aurora se tocó los labios con la punta de los dedos: —Eso es porque no sabes. Entre más serio se ve un hombre, más intenso es en la cama.
Aunque Ricardo no solo era intenso, sino también puro y salvaje al mismo tiempo. Ese contraste lo hacía todavía más irresistible.
—¿En serio? —Patricia abrió los ojos, incrédula—. El señor Morales siempre parece tan reservado… da la impresión de no interesarse por nada.
—Pues ya ves, las apariencias engañan.
—Auri, de ahora en adelante tienes que cuidar esa cintura —Patricia se tapó la boca para no soltar una carcajada demasiado fuerte, luego tomó sus papeles y salió del despacho.
Aurora, apenada, se cubrió la cara con ambas manos. ¿Acaso debía buscar remedios para fortalecer la cintura? No, mejor no pensar en eso. Tenía que concentrarse en el trabajo, sobre todo en deshacerse de ese inútil de César lo antes posible.

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