El baño al atardecer no tenía nada de oscuro.
Afuera, las persianas completamente cerradas apenas dejaban colarse el último rayo dorado del sol, que se iba perdiendo entre las ramas altas de los árboles en el jardín, detrás de la casa. Solo ese resplandor cálido se filtraba, tiñendo de naranja y carmín los azulejos blancos del baño.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
La puerta metálica, de estilo antiguo, rebotó contra la pared con un golpe seco, llenando el aire de un estruendo sordo.
Aurora, con el rostro encendido y la respiración entrecortada, sentía que todo giraba a su alrededor. Antes de que pudiera reaccionar, Ricardo la arrinconó contra la pared del fondo, firme pero con una ternura que la desarmó. Él sujetó sus manos, entrelazando sus dedos con los de ella, y las levantó a ambos lados de su cabeza, como si no quisiera dejarla escapar.
—Auri —susurró Ricardo, su voz ronca, profunda, como si acabara de morder un durazno maduro.
En sus palabras vibraba algo intenso, casi salvaje, pero envuelto en dulzura.
—No vas a decir que no, ¿verdad? —murmuró mientras bajaba la mirada, sus pestañas largas ocultando apenas el deseo que brillaba en sus ojos. Era como si una ola gigante estuviera a punto de arrastrarlos a los dos.
La luz rojiza del atardecer jugaba en la punta de sus orejas, volviéndolas aún más atractivas, como si estuvieran pintadas con oro líquido.
—¿Decir que no a qué? —preguntó Aurora, levantando la cara y mordiéndose suavemente el labio. Sus ojos, grandes y claros como los de un gato curioso, resplandecían con picardía y un toque de inocencia.
—Auri, tú sabes de qué hablo —dijo Ricardo, inclinándose un poco más hasta que su nariz rozó la de ella.
La nariz de Aurora era tan suave, tan delicada, que Ricardo no podía evitar pensar en el hocico de un gatito. Su respiración se desordenó, volviéndose caótica, y por un momento todo dejó de tener sentido.
Aurora no estaba mejor; esa pregunta de él fue como si le hubieran tocado el corazón directamente. El rubor en sus mejillas se intensificó, y el aroma de Ricardo, a cedro fresco y algo más, la envolvió por completo. Era un aroma maduro, limpio, que le revolvía los pensamientos.
Mordió su labio, sin responder con palabras. Solo alzó el mentón, buscándolo, y lo besó.
Apretó con fuerza los dedos de Ricardo, bajando sus besos desde sus labios hasta la barbilla, y luego al cuello, donde la nuez de Adán sobresalía tentadora.
—Yo también quiero intentarlo —dijo Aurora, perdida entre la confusión y el deseo, y le mordió el pecho con fuerza.
—Ah... —Ricardo soltó un gemido, incapaz de controlarse. Sus orejas parecían arder, los dedos le temblaron, y sus ojos se llenaron de humedad, mezclándose con el resplandor anaranjado del atardecer. Su expresión, tan pura, tan vulnerable, hizo que Aurora sintiera unas ganas irresistibles de bromear con él, de provocarlo.
Ella se puso de puntitas y comenzó a besarlo de nuevo, suave, con paciencia, guiándolo poco a poco. Beso tras beso, hasta que la piel clara de Ricardo, normalmente tan pálida, se tiñó de rojo intenso, y sus ojos oscuros se llenaron de deseo.
Hasta que, por fin, él la abrazó con fuerza, la besó como si fuera la única persona del mundo. Igual que en esos sueños que lo habían desvelado tantas noches.
Con una mano, Ricardo activó la regadera plateada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací en la Noche del Parto