En el hospital, Aurora se recostó un rato, pero seguía sintiendo un vacío en el pecho, como si el aire se le escapara cada vez que intentaba respirar.
Le dolía.
Cuando el malestar se le pasó un poco, le pidió a la cuidadora que le trajera un espejo.
Quería ver su propia cara.
En su vida anterior, la epidemia la alcanzó y terminó con el rostro desfigurado.
No le quedó ni un pedazo de piel sana, solo carne corrompida y heridas abiertas.
—Señorita, aquí está el espejo —la cuidadora pensó que Aurora quería observarse por vanidad, para ver cómo había quedado después del parto.
Con mucho respeto, le puso un espejito rosa frente a ella y, con buena intención, la tranquilizó:
—No se preocupe si se ve un poco pálida; acaba de dar a luz. Si se cuida, pronto va a recuperar el color.
Aurora asintió, sin decir nada más. Se quedó ahí, mirando fijamente su reflejo.
A sus veintidós años, Aurora tenía el cabello castaño ondulado, un rostro pequeño y delicado, y unos rasgos marcados y atractivos.
Sus labios, que antes parecían cerezas, ahora lucían un poco descoloridos por el esfuerzo del parto.
La piel se le veía traslúcida y blanca.
Pero nada de eso lograba opacar su belleza.
Incluso débil y agotada, seguía siendo la deslumbrante hija mayor de la familia Rosales, la joven a la que todos en Solara querían acercarse.
Y además, era la nueva estrella del mundo del espectáculo.
Nada que ver con esa Aurora de veintidós años, destrozada y casi irreconocible de su vida anterior.
Sus piernas largas y bien formadas también estaban intactas.
Aurora respiró hondo, bajó el espejo y se subió la pernera del pantalón del hospital, contemplando una y otra vez sus piernas.
Estaban perfectas.
No había señales de que le hubieran destrozado los huesos con una barra de hierro.
No le dolían.
Estaban completas.
Aurora, todavía asustada por el recuerdo, se tocó las piernas, notando la suavidad de la piel y la firmeza de los músculos.
Eran hermosas.
Mientras Aurora admiraba sus piernas, la abuela Morales entró a verla.
Owen Morales y Flora Morales evitaban visitarla porque Aurora y Ricardo siempre terminaban discutiendo.
Pero la abuela, aunque Aurora cometiera errores o se la pasara buscándole problemas a Ricardo, siempre le tenía paciencia.
Seguía creyendo que Aurora podía cambiar y llevarse bien con su nieto.
La anciana empujó la puerta y entregó un enorme paquete de suplementos a su fiel empleada, Helena, para que los guardara en el mueble del hospital.
Luego, despacio, se acercó a la cama, donde Aurora descansaba sola y recostada.
En la habitación no había nadie más, solo la cuidadora y Aurora.
Ella le ocultó que había usado sangre de su hijo recién nacido para su propio beneficio. ¿Quién no se alejaría de una mujer así?
Además, él ya había pasado a verla.
Solo que tuvo que irse por asuntos del trabajo, y prometió regresar en la noche.
—Abuelita, no lo regañe. Él ya vino.
—Se quedó conmigo mientras nacía el bebé. Hasta fue él quien llevó al niño a la sala de cunas.
—Me dijo que en la noche regresaba.
Aurora se apresuró a defender a Ricardo, y la abuela se quedó pasmada.
La miró como si estuviera viendo una aparición.
¿Auri estaba… defendiendo a Riqui?
Eso… eso…
La abuela se quedó boquiabierta y, después de unos segundos, bajó el celular, sorprendida y emocionada. Le tomó la mano a Aurora, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Auri, en serio le estás echando la mano a Riqui?
Aurora, un poco apenada, asintió.
—Sí, es mi esposo, ¿no es normal que lo defienda?
¡Vaya! Hasta le dijo esposo.
¡Caray, caray! Al final, parece que sí hacía falta que naciera ese bebé.

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