—No dejen que se escapen.
El hombre que platicaba con ella respondió:
—Tranquila, nosotros hacemos el trabajo por el dinero.
—No tiene por qué preocuparse.
—Si lo hacen bien, cuando todo salga como quiero, les doy un premio extra —dijo Natalia, y se notaba que estaba de buen humor.
Mientras hablaba, sus gestos eran tan exagerados que cualquiera diría que el Grupo Fajardo ya era suyo.
El hombre siguió elogiándola:
—No se preocupe, se lo aseguro, esto queda listo.
La conversación entre ellos era superficial, apenas para pasar el tiempo.
Después, Natalia pareció cansarse.
Se recostó en la silla, cerró los ojos y empezó a descansar.
Los otros tipos que las vigilaban sacaron sus celulares y se pusieron a jugar, ignorando todo alrededor.
La casa rodante se quedó en silencio.
Solo se escuchaba el sonido sibilante del carro avanzando por la carretera.
Lourdes estaba tirada en el suelo, al fondo de la casa rodante, esperando un momento para actuar. Primero, se quitó la cinta negra que le cubría los ojos.
En cuanto lo logró, vio que en los asientos delanteros había varios hombres grandotes, tal como sospechaba.
Natalia estaba dormida en una silla reclinable.
Lourdes frunció el ceño al observar la situación y luego se giró para ver a Isa, que seguía desmayada en una esquina.
Sin perder tiempo, Lourdes se arrancó la cinta de la boca.
Después, con rapidez, desató la cuerda de sus pies.
En cuanto estuvo libre, se deslizó hacia la sombra y ayudó a Isa a incorporarse. Sacó una aguja de plata y se la colocó en la coronilla.
La aguja apenas estuvo unos segundos en la cabeza de Isa.
De inmediato, Isa abrió los ojos, aunque todavía tenía la boca tapada y no podía hablar.
Lourdes guardó la aguja y se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio.
Isa asintió, obediente, sin mover un músculo.
Lourdes siguió desatándole las manos y los pies.

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