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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 199

El gusano devoracorazones, madre de todos, solo podía nacer en tierras heladas y áridas.

Su cuerpo entero estaba cubierto de filosas espinas diminutas.

Al probarlo, el sabor era amargo y tenía un tufo a sangre vieja.

Criar una madre de estas criaturas tomaba tres años completos.

Y lástima que Lourdes terminó dándoselo a Natalia, esa inútil.

Lourdes, en el fondo, lamentaba perder a su pequeño gusano.

La cara altanera de Natalia se había transformado por completo; sus ojos se abrieron tanto que casi parecían salirse de las órbitas, petrificada de asombro, mirando a Lourdes como si no pudiera creer que tuviera el descaro de obligarla a tragarse ese bicho.

Pero ahí estaba, atorado en su garganta: resbaloso, amargo, apestoso. ¿Acaso había alguna diferencia entre esto y tragarse una oruga viva?

Natalia, después de todo, era una señorita mimada.

Desde niña, había vivido entre lujos y delicadezas.

Nunca en la vida se le habría pasado por la cabeza comerse una oruga.

Su maquillaje, antes perfecto, ahora resaltaba lo pálida que se estaba poniendo.

—Señorita Fajardo—, soltó uno de los hombres corpulentos que la acompañaban, hombres que jamás en su vida habían visto algo como ese gusano.

Solo alcanzaron a ver cómo ese bicho verde brincaba hacia la boca de Natalia.

La escena resultaba tan repulsiva y perturbadora que nadie se atrevía a moverse.

Temían que Lourdes les lanzara otra oruga y los obligara a tragársela.

—Señorita Fajardo, ¿está bien? —le gritó otro de los hombres, preocupado.

Fue entonces cuando Natalia pareció despertar de su estupor y finalmente se dio cuenta de que, en efecto, acababa de tragarse esa cosa asquerosa.

De inmediato, se arañó la garganta con sus uñas largas, mientras chillaba:

—¡Maldita seas! ¡Me engañaste!

—¡Esto no se va a quedar así! —gritó, desbordando rabia—. ¡Te va a costar caro!

Mientras más gritaba Natalia, más sentía cómo el gusano se le deslizaba por la garganta, como si su propio escándalo empujara al bicho más rápido hacia el interior de su cuerpo.

Donde las patas del gusano pasaban, dejaban una sensación de ardor y un hedor tan penetrante que le revolvía el estómago.

El sabor desagradable le subía por la lengua y la nariz, haciéndole arrugar la cara. Aferrándose a su garganta, empezó a vomitar con desesperación:

—¡Guaaaj!

—¡Uuugh! ¡Guaaaj! —seguía vomitando, sin poder controlar las arcadas.

—¡Bruja asquerosa! —soltó entre arcada y arcada, mientras espuma verdosa le escurría por los labios, sin dejar de insultar a Lourdes—. ¡Atrápenla, rápido!

Lourdes la miraba con total tranquilidad, sin inmutarse ante los gritos ni los insultos. Y, con una calma que ponía los nervios de punta, comenzó a contar:

—Uno... dos...

Al llegar al tres, Natalia lanzó una arcada tan fuerte que terminó escupiendo un charco de sangre negra en el suelo, mientras se sujetaba el pecho por el dolor punzante que le atravesaba el corazón.

En cuanto los demás vieron la sangre negra, sus caras cambiaron por completo; nadie se atrevió a tocarla.

Solo miraban, sin moverse.

—Esto... esto es cosa del diablo —murmuró uno de los hombres, con la voz temblorosa—. ¿Y si mejor nos largamos?

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