No es de extrañar que ahora tantas chicas tengan debilidad por las manos bonitas.
Un hombre puede ser atractivo, tener buen cuerpo, pero si sus manos no lucen bien...
Manos gorditas y cortas.
Eso sí que le quitaba todo el encanto.
Por suerte, las manos de su esposo eran perfectas.
Dedos largos, fuertes.
—Mira, te lo dije, de verdad no tengo nada —Aurora se quedó por un momento admirando los dedos de Ricardo.
Estaba más que satisfecha.
Aprovechando que él seguía revisando, se inclinó hacia él y le susurró al oído:
—Amor, en realidad no me pasó nada.
Su voz era suave, casi como un susurro dulce que se mezclaba con el aire cálido a su alrededor.
El aliento de Aurora rozó la frente de Ricardo.
Él levantó la mirada, por un instante casi choca con los labios de ella, pero recordando que estaban en la iglesia, retrocedió apresurado y con el corazón acelerado respondió:
—No, aunque digas eso no me voy a quedar tranquilo.
—Déjame revisar bien primero.
Aurora soltó un pequeño “oh”, sin protestar más.
Dejó que él bajara la cabeza para revisar con cuidado desde la pantorrilla hasta la rodilla, buscando si tenía alguna herida.
Detrás de ellos, Tomás no aguantó y le soltó a Patricia en tono de chisme:
—Oye, Patricia, ¿cómo que vinieron a rezar aquí y no avisaron a nuestro señor Morales?
—Menos mal que el señor Morales llegó justo a tiempo, si no, imagina que hubiera pasado algo...
Patricia también se había enterado del motivo verdadero ya en camino.
—La verdad, Tomás, yo tampoco sabía. Me vine enterando mientras veníamos.
—Pero míralos, el señor Morales está conmovido.
—Auri sí que vino a rezar con todo el corazón.
Tomás asintió:
—La señora ha cambiado muchísimo últimamente.
—Yo, la verdad, pensé que sí iban a divorciarse.
Apenas terminó de decirlo, Patricia le dio un golpecito en el hombro:
—Muchacho, esas cosas no se dicen a la ligera.
—¿No puedes desear que el señor Morales esté bien con su esposa?
Tomás puso cara de inocente; si la idea del divorcio había salido de la señora, no de su jefe.
Él estaba seguro de que el señor Morales jamás se hubiera divorciado si no hubiera sido por pura presión.
Solo accedió porque lo arrinconaron.
Nadie se imaginaba que, después de regresar de Alemania, la señora ya no quería divorciarse.
Así que todo quedó en pausa.
—Te juro que no invento, fue la señora quien lo propuso.
—Por supuesto que no quiero que mi jefe termine divorciado.
Patricia se rio:
—Qué protector eres como asistente.
—Y no te creas, yo también temía que Auri se convirtiera en una mujer divorciada.
Aunque ya no era raro divorciarse en estos tiempos.
Pero considerando que más adelante ella volvería al mundo del espectáculo...
Tener la etiqueta de divorciada le cerraría muchas puertas.

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