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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 191

Felipe vivía en la segunda habitación del pasillo del monasterio.

Cuando Ricardo llevó a Aurora, encontraron al señor sentado sobre un cojín de meditación, recitando oraciones con los ojos cerrados. La habitación estaba tranquila, solo ellos y un joven sacerdote.

El pequeño sacerdote encendía incienso mientras Felipe recitaba en voz baja.

Al escuchar el crujido de la puerta, Felipe abrió los ojos y miró hacia la entrada.

Al ver a Ricardo, su expresión se suavizó de inmediato, mostrando una sonrisa amable y relajada.

Pero, al posar la mirada sobre Aurora, Felipe se quedó petrificado. Un parpadeo involuntario y la comisura del ojo tembló.

En ese instante, una imagen brutal y escalofriante cruzó por su mente, haciéndole sentir un escalofrío en la nuca.

Vio a la joven frente a él... escupiendo sangre, con las manos hundidas en el lodo, mientras sus piernas eran quebradas a la fuerza. El cuerpo de la chica yacía entre un montón de cadáveres, cubierta de barro y desesperación.

El dolor y la angustia en su rostro eran tan intensos que Felipe sintió cómo la cabeza le daba vueltas. Sus dedos ásperos, sin poder controlarlo, giraron con fuerza el rosario negro de cuentas grandes que llevaba en la muñeca.

—Crac—

Las cuentas del rosario se rompieron de golpe y cayeron a su lado, dispersas sobre la pierna.

El joven sacerdote que estaba junto a él, al ver el desastre, rápidamente se agachó para recoger las cuentas una por una, guardándolas en una cajita de madera.

—Señor, la abuela me pidió que viniera a pedirle un nombre para mi hijo— dijo Ricardo, llevando de la mano a Aurora.

Felipe, aún recuperándose, respiró hondo, tratando de calmar el temblor en su pecho. Miró a Aurora, que guardaba silencio, con una mezcla de temor y asombro.

En su mente, retumbaba la idea: ella debería estar muerta desde hace tiempo. Sin embargo, ahí estaba, viva y de pie frente a él.

¿Por qué?

Aunque había estudiado todos los textos sagrados, no lograba comprender el motivo.

Se animó a consultar su suerte, y lo que halló fue que Aurora seguía viva y, además, tendría una vida larga. Tal vez era una señal del destino.

Sin embargo, Felipe no pudo descifrar la razón exacta. Se quedó mirando la cara de Aurora por un buen rato, hasta que escuchó la voz de Ricardo llamándolo otra vez:

—Felipe, ¿está todo bien?

Solo entonces volvió en sí.

—Tu abuela y yo somos buenos amigos. Lo que ella me pida, yo lo haré encantado —dijo, recuperando la compostura.

—Riqui, pásame los datos del nacimiento del bebé.

Ricardo no los traía consigo, pero Aurora sí. Sacó de una canastita los datos y se los entregó a Felipe.

Felipe los miró con atención. Primero se concentró, luego comentó:

—Riqui, tu hijo tiene la fortuna de estar bendecido por la estrella del saber.

Ricardo sonrió de lado.

—Gracias, señor.

Aurora también se veía aliviada; con ese destino, no tendría que preocuparse tanto por el futuro de su pequeño.

—Esperen un momento, déjenme hacer el cálculo —dijo Felipe, colocando el papel sobre una mesita.

Tomó una sola cuenta del rosario, la giró suavemente en la palma, haciendo doce vueltas.

Cuando terminó, agarró el pincel que había sobre la mesa y, en una hoja de papel especial, escribió el nombre: Gabriel Morales.

El nombre significaba que el niño crecería con rectitud y una presencia imponente.

—Gabriel... amor, qué bonito nombre —dijo Aurora, mirándolo con alegría.

Ricardo tomó la hoja, asintiendo.

—Firme y con carácter. Así quiero que sea mi hijo.

—Gracias, señor.

Felipe sonrió.

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