Dicen que la mariposa, aun sabiendo que podría perder sus alas, prefiere cruzar el inmenso mar solo por renacer.
Por eso, Aurora, por Ricardo, se arrodilló y tocó su frente al suelo novecientas noventa y nueve veces. No solo buscaba redención, también quería empezar de nuevo.
Cuando la luz cálida del altar la envolvió, pensó que quizá su alma, al fin, había sido perdonada.
El eco de los cánticos seguía flotando alrededor de la iglesia.
En el viejo árbol de la plaza, los pequeños campanarios de cerámica blanca tintineaban con la brisa, llenando el aire de un sonido delicado y cristalino.
Ricardo temía que Aurora se mareara, y además, por el respeto al lugar sagrado, no la besó por mucho tiempo.
Solo lo justo.
Al separarse, al ver la marca rojiza en su frente, el corazón se le apretó.
Ella siempre había sido delicada.
Una caricia fuera de lugar y ya estaba reclamando.
Ahora, en cambio…
El hombre frunció los labios, y con la yema de los dedos acarició suavemente su frente.
—¿Te duele mucho?
Sí, dolía.
Pero, en ese instante, abrazada por él, Aurora sentía que el dolor se desvanecía.
—No duele —susurró, pestañeando. Medio recostada en su pecho, sus pestañas húmedas temblaban bajo los rayos de sol que lograban colarse entre las hojas.
Los destellos caían sobre su hombro.
Todo parecía un sueño.
—¿Tú también sentiste dolor aquella vez?
Se refería a la vez que él, en secreto, había venido a arrodillarse y pedir perdón.
Ella entonces no lo supo.
Ni siquiera le dio importancia.
Ricardo negó con la cabeza, con una leve sonrisa.
—No me dolió.
—Le pedí a Tomás que trajera la pomada para desinflamar.
Siempre llevaban botiquines pequeños cuando subían la montaña.
—Sé que te gusta mucho cuidar tu apariencia. Me da miedo que, si ves tu frente hinchada en casa, te molestes —comentó Ricardo, con una ternura inusitada.
Su voz era como el agua de la primera nieve deslizándose bajo el alero en marzo.
Aurora sintió cómo esa calidez le recorría el pecho. Abrió la boca para decir algo, pero al final solo sonrió con dulzura.
—Entonces… ¿de verdad me perdonaste?
Ricardo soltó el aire despacio. Sus dedos, juguetones y cariñosos, rozaron la punta de la nariz de ella.
—Si no te hubiera perdonado, no habría venido por ti.
—Auri, te perdono. Quiero empezar de nuevo contigo.
—De ahora en adelante, no voy a dudar más de ti, ¿te parece?
Aurora sonrió, y hasta la cola de sus ojos se curvó, como una media luna.
—Perfecto, no te voy a decepcionar.
—Voy a hacer que vivas el amor más dulce de este mundo —le prometió, aferrándose a la orilla de su camisa—. Oye, amor, ¿antes de casarte conmigo, tuviste alguna otra novia?
Por lo que sabía, él no.
Si no, no sería tan inexperto en los besos.
Siempre tan inocente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací en la Noche del Parto