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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 188

¿Al final… de qué pecado intentaba redimirse?

Patricia no pudo más con la curiosidad que le carcomía por dentro.

—Auri —llamó, sacudiendo sus pensamientos. Al agacharse, notó que la palma de Aurora se había abierto por una espina. Un hilillo de sangre brotaba.

Patricia se asustó, respiró hondo y de inmediato se agachó junto a ella, tomó su mano y sacó una servilleta de la bolsa para limpiar la herida.

—Te cortaste la mano, mira, está saliendo sangre. Ya no sigas, mejor te curo.

—No pasa nada, no voy a quedarme a medias —dijo Aurora sin darle importancia, retirando la mano.

Se envolvió la herida con la servilleta y siguió adelante con lo suyo: cada paso, una reverencia, la frente tocando el suelo, ascendiendo los escalones.

Patricia, sin poder convencerla, la siguió con el corazón apretado.

Los 999 escalones parecían interminables.

A mitad del ascenso, Aurora comenzó a sentirse mareada. Alcanzó a ver, entre la neblina de su mente, la silueta de Ricardo frente a ella, con camisa blanca y pantalón de vestir, arrodillado igual que ella ahora.

Manos juntas, cabeza baja, orando con devoción por ella y su bebé.

¿Qué pensaba él en ese momento? Aurora no lo sabía, pero podía imaginarlo: seguro solo deseaba que ella y el bebé estuvieran bien.

En aquella larga escalera de piedra, él también subió, inclinándose una y otra vez, dejando quizá gotas de sangre en los bordes irregulares, igual que ella ahora.

¿Le habría dolido? Seguramente no. Ricardo no era de los que se quejan por cualquier dolor.

Si él pudo, ella también. Haría esos 999 rezos, uno por uno, por él y por su bebé.

Cerró los ojos, respiró hondo. El aturdimiento desapareció y sintió como si una luz celestial acariciara su alma, trayendo consigo el aroma tenue del incienso.

No podía rendirse.

Se reincorporó, bajó la cabeza y volvió a tocar la piedra con la frente. Así, una y otra vez, hasta que la piel de la frente se le puso roja.

Al fin, llegó al último escalón, el más alto.

Ahí, la música sacra flotaba en el aire. La iglesia, bañada en oro y luz, parecía mirarla desde lo alto.

Aurora se arrodilló, inmóvil, contemplando el haz radiante que atravesaba la nave principal del templo. Todo el dolor y la tristeza acumulados en su corazón se disolvieron.

Desde que había vuelto a la vida, había tratado de enmendar sus errores, pero la culpa la seguía atormentando como una sombra.

Ahora, al terminar la misma ruta de penitencia que Ricardo recorrió en vida por ella, sintió de verdad el consuelo de la luz divina.

La culpa, poco a poco, la soltó.

Ya no sentía esa opresión en el pecho.

Quizá Dios también la perdonó, ¿no?

No había cometido un crimen imperdonable. Lo de la sangre del bebé… todo había sido por culpa de César, quien la engañó diciéndole que solo necesitaba un poco, una gota, como cuando uno se pincha el dedo. César prometió que solo sería una gota.

Pero la engañó.

Aurora apretó los labios, y no pudo evitar que las lágrimas le brotaran de los ojos. Patricia, alarmada, se agachó para ayudarla a levantarse.

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