A los diecisiete años, César se veía tan desamparado como un gatito callejero, parado frente al orfanato con el cuerpo encogido y los ojos llenos de súplica.
Se agachaba, tirando de la falda limpia de Aurora, con lágrimas a punto de salir mientras le rogaba:
—Señorita, ¿me puede llevar a casa, por favor?
—Quiero sentir el cariño de una hermana.
Aurora siempre había sido hija única.
Pero ella sabía que sus papás arrastraban una espinita clavada en el corazón.
Ellos siempre quisieron un hijo varón.
Solo que, tras el parto, la salud de su madre quedó tan maltrecha que no pudo volver a tener hijos.
Así que, al ver a ese muchacho lastimoso, con una mirada que le recordaba a su madre, Aurora no dudó en llevarse a César a la familia Rosales.
Pensó que, si tenía un hermano, su mamá podría ser mucho más feliz.
Por supuesto, al principio Aurora no se desvivía por él. Solo lo trataba como a cualquier familiar.
Pero César tenía hambre de más. Era ambicioso, calculador. Llevó a cabo más de treinta escenas donde fingía arriesgar la vida por ella.
Con el tiempo, Aurora y toda la familia Rosales terminaron en la palma de su mano.
Ahora, César todavía creía que, con unas lágrimas y un poco de debilidad fingida, Aurora volvería a sentir lástima por él y le daría lo que quisiera.
Pero esa Aurora ingenua ya no existía.
—¿Que si me enojaste? Claro que sí. Pensé que querías engañarme para sacarme la sangre y vida de mi hijo —los ojos de Aurora se clavaron en él, duros, mientras una sonrisa irónica se dibujaba en sus labios—. Por suerte, no cedí.
—Si lo hubiera hecho, las consecuencias habrían sido terribles.
César se quedó paralizado, sorprendido ante la frialdad con la que Aurora lo miraba.
¿En qué momento cambió tanto?
Recordó lo que Fermín le había dicho hace poco: que Aurora iba a volver al Grupo Rosales.
Algo debió pasarle. No era normal que cambiara tan rápido.
—Hermana, ya te dije, si no quieres darme lo que pido, no voy a obligarte —intentó salvar la situación, forzando una sonrisa tierna—. Lo único que quiero es que estés bien.
—Por cierto, toma este caldito de pollo, estuve tres horas preparándolo.
—Mira, hasta me salieron ampollas en los dedos —consciente de su acto, César vertió la sopa y mostró con cuidado las quemaduras de sus manos.
Las marcas eran reales.
No tenía reparos en hacerse daño para manipularla.
Antes, llegó a romperse dos dedos por ella y renunció a sus estudios de piano.
Aquello causó revuelo entre la alta sociedad.
Muchos envidiaron a Aurora por encontrarse un “hermano” así, que, aunque no era de sangre, la cuidaba mejor que a una verdadera hermana.
En ese entonces, Aurora también lo pensaba. Ahora le parecía de lo más absurdo.

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