—Señorita, estoy bien—. César seguía siendo César.
Era un tipo retorcido salido del orfanato, de esos que aprendieron a sobrevivir a mordidas y arañazos.
El hijo ilegítimo de la familia Espinosa, perdido por ahí, del que ni enterados estaban los demás.
Logró sobrevivir en el orfanato, y luego, paso a paso, se las ingenió para meterse en la familia Rosales.
Todo eso con un solo objetivo: tragarse a los Rosales y después regresar, con la frente en alto, a la familia Espinosa para presumir sus logros.
Alguien así de venenoso y calculador, ¿cómo iba a dejarse quebrar por los maltratos de Aurora?
En cuestión de segundos, la mueca de dolor se borró de su rostro, y volvió a la pose de siempre: esa mezcla de dulzura fingida y humildad fingida, como si fuera la víctima de todo.
—Señorita, si tratarme así la hace sentir mejor, yo me dejo. Puede usarme todo lo que quiera para desahogarse—, murmuró, con una voz tan suave que hasta resultaba ridícula.
Aurora soltó una carcajada que retumbó en la habitación.
En el fondo, ese desgraciado era venenoso hasta la médula.
Ya había llegado demasiado lejos, y él ni se inmutaba; más bien, seguía buscando agradar, como si disfrutara del castigo.
Si tanto le gustaba sufrir, entonces estaba a punto de probar, con creces, todo el tormento que él y su "favorita" le habían hecho pasar en la vida anterior.
—Perfecto, hermanito, acuérdate bien de lo que dijiste—. Aurora detuvo su risa, clavó la mirada en César y le soltó, sin dudar:
—Lárgate.
No quiero ver tu cara ahora mismo.
César asintió, se cubrió la mano enrojecida por la quemadura y salió de la habitación sin rechistar.
En cuanto cruzó la puerta, los guardias y la niñera que estaban afuera se sobresaltaron al ver su mano tan lastimada.
Pero, al final, lo que la señorita Rosales decidiera hacer con él, era asunto de la familia Rosales.
Ellos ni preguntarían ni se meterían.
César, apretando los dientes del dolor, bajó directo al área de curaciones del hospital.
Por suerte, estaba en el hospital; aunque la quemadura era grave, lo atendieron rápido y no hubo riesgo de que se infectara o terminara peor.
Pero el dolor… ese sí era imposible de ignorar.
Cuando le terminaron de vendar la mano, salió al pasillo.
Caminó por un corredor vacío y, apenas estuvo solo, dejó caer la máscara de víctima.
Su rostro se endureció, los ojos se le volvieron oscuros y llenos de rabia.
De repente, giró y le pegó una patada en la pierna a su asistente, Manuel, que lo seguía fielmente como un perrito.
Manuel, sorprendido y adolorido, se arrodilló de inmediato.
—Señor Rosales, ¿hice algo mal? ¿Le fallé en algo?
Esa sumisión le sonaba demasiado conocida.
Hacía apenas media hora, él mismo se había humillado así ante la puerta de Aurora, rogando por compasión.
Ahora le tocaba el turno a su asistente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací en la Noche del Parto