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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 17

—¡Ay, qué onda con la hermana de ese chavo! ¿Por qué ni siquiera deja pasar a su propio hermano? ¿Hasta lo hace arrodillarse? ¡Eso ya está bien pasado de lanza!

—Sí, la neta. El hermano, todo buena onda, se aventó tres horas cocinando la sopa de pollo, hasta se arrodilla con tal de verla y de ver al sobrino. ¿Y la hermana? ¿Por qué tan indiferente con su propio hermano que solo quiere hacerle un favor de corazón?

—No, pues ya ni la hacen. Ahora resulta que las hermanas ya no quieren hermanos porque les van a quitar la herencia, ¿o qué? ¡Mira nomás, el pobre hasta tose sangre y aun así le cocina a la hermana! ¿Y ella? Bien indiferente, como si no le importara. ¿Dónde quedó el cariño de la familia? ¡Eso sí que no tiene perdón!

—Eso, eso, y nosotros compartiendo hospital con una persona así. Pura mala vibra.

—Hay que reportarla, que la saquen de aquí.

Los pacientes que estaban cerca se pusieron del lado de César, indignados, y lo rodearon para apoyarlo.

César, sintiéndose respaldado, empezó a toser más fuerte justo en la puerta del cuarto.

Mientras tosía, fingía escupir más sangre.

En cuestión de minutos, a sus pies ya se veía un charco rojo que dejaba a todos con el corazón en la mano.

Hasta los doctores se acercaron para ver qué estaba pasando.

En ese momento, el asistente de César apareció corriendo, medio doblado, y fue a ayudarlo.

—Señor Rosales, ¿por qué está de rodillas? Usted está enfermo, levántese, por favor.

César agitó la mano, restándole importancia.

—Mi hermana está enojada conmigo.

—Tengo que quedarme aquí, arrodillado, hasta que ella quiera verme.

—Hasta ahora no he podido ver a mi sobrino. Seguro mi hermana está molesta porque no la acompañé.

César decía todo con una voz llena de supuesta sinceridad y sentimiento familiar.

Eso sí que llamó la atención, y más gente empezó a acercarse.

Los murmullos y los comentarios a voces retumbaban a través de la puerta.

Dentro del cuarto, Aurora estaba tan molesta que el coraje se le notaba hasta en la mirada.

César, qué tipo tan detestable.

Eso de hacerse el mártir era lo suyo.

Ahora quedaba claro cómo es que antes la había salvado treinta veces seguidas.

Ya tenía la práctica, por eso se le daba tan bien montar escenas de amor familiar que casi hacían llorar a cualquiera.

Era como si pudiera actuar así cada vez que le diera la gana.

Lo mínimo que merecía era un premio, y no uno cualquiera, sino un Oscar.

Aurora, furiosa en su cuarto, apenas si podía contenerse.

Los guardias que custodiaban la puerta se sentían incómodos.

—¿No estará exagerando este señor Rosales? —murmuró uno.

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